miércoles, 1 de julio de 2015


Nadie nos avisó que se podía y se -debía- seguir creciendo. 

Nadie nos avisó que como el amor “de toda la vida” no existe; tampoco los amigos “para toda la vida”. 

Nadie nos avisó que el “toda la vida” se renueva -mínimo- cada diez años. 

Nadie nos dijo que la celulitis se agudiza, que los efectos colaterales de emborracharse ya no duran sólo hasta antes del almuerzo, que hay cosas mejores que pelear por tener la razón -como reírse por no tenerla-, que maquillarse hace la diferencia, que ir a gimnasia ya no es una opción, que el trabajo ya no es la adrenalina de lo que era. 

Pero tampoco nadie nos explicó que lo que era imprescindible ya no lo es, ni que lo que odiábamos ahora podemos llegar a amarlo, que lo que juramos que “jamás haríamos”, lo hacemos y sin culpas. 

Que un sueño puede ser real y actual. 

Que un sábado a la noche el mejor plan puede ser tu casa. 

Que estudiar se puede disfrutar. 

Que despedir a un ser querido, te hace cobrar fuerzas. 

Que madurar –como una fruta- te hace pensar en todo esto y más. 

Que al ver fotos viejas te ves más linda ahora. Que te llena de orgullo ver a un país marchar por una sociedad mejor: que “no nos peguen”, “no nos violen”, “ni se nos juzgue por un mini-short”. 

Que el mejor momento ya no son las ilusiones de un futuro, ni la melancolía del pasado, es el ahora. 

Que el amor de toda la vida se puede elegir; que los amigos, también. Que como dice Brecht, lo habitual no es algo natural. 

Que al podar, se puede llorar por lo que se cayó, pero también lo nuevo sale con más fuerza.

Nadie nos avisó que ver a un bebé en la calle te puede dar ternura, que ver a tu perro y tu gato crecer es el símbolo del tiempo y de la fidelidad. 

Nadie nos avisó que se sigue creciendo y cambiando. 

Tampoco “lo mejor está por pasar”, sino que tal vez ya esté pasando en este momento, mientras nadie nos avisa, ni nos lo explica…   
read more "Nadie nos avisó… (…cómo es eso de estar cerca de los 30)"

domingo, 7 de junio de 2015


Estamos en crisis. El periodismo está en crisis en Argentina, en España, en México, en Brasil... Nadie cree en nada, nadie nos cree... 

Entonces... ¿Ahora qué? ¿Nos tiramos de un precipicio? ¿Para qué? Si ya estamos cayendo: hacemos notas como podemos, proponemos investigaciones que no son de los temas de agenda y tratando buscar la mayor cantidad de fuentes. Algunas entienden y ceden, te abren las puertas de su casa y te hablan como si fueras el único en el mundo que las escucha. Otras piensan lo que cada tanto dudamos: el medio es el mensaje. Entonces se callan, prefieren hablar con otro o ni hacerlo. Y uno como periodista no lobbista le aclara que es independiente.

Igual, seguimos cayendo, trabajemos donde trabajemos, tratando de saltar las barreras: esas barreras formadas por billetes de políticos de turno o de empresas (muchas, por ejemplo, del mundo del agro) que pagan las pautas publicitarias…

Durante la caída, a veces, nos las llevamos por delante: "tratá de no meterte con ese tema que el tipo es dueño de una megaempresa. Tratá de no meterte con ese tipo que tiene ansias de ser el próximo presidente y pone mucha plata en un suplemento que es el que nos hace ser el medio que somos. Un medio que está en crisis y que en cierto punto, gracias a ese tipo que roba o estafa o engaña o dirige el mundo narco o de la trata, paga tus sueldos y el de tus compañeros. Mejor, no digas nada".

Mientras tu cuerpo vuela hacia abajo, hay veces en que podés elevarte un poco: a pesar de las barreras, te publican una nota que critica a ese tipo. Y ahí es cuando, mientras pensabas que llegabas a lo alto, caés de un hondazo: el tipo de golpe llama a tu jefe para decirle que todo lo que investigaste es mentira, que te abre las puertas de su casa -que hace meses que te las venía negando- para venderse como el mejor y que de esa manera, va a poder seguir girando esa rueda que hace que cada mes tengas un sueldo.

Entonces resulta que el periodismo es eso.

Mientras uno se levanta de la cama, exaltado, pensando que cayó, suena el celular: es una amiga mexicana que dice que junto a su marido van a sacar plata de su bolsillo para poner un medio digital independiente.

—Pero mirá que estamos en crisis.


—Sí, pero antes de tirarnos por un precipicio, abramos un paracaídas...
read more "Sueño de un periodista"

jueves, 23 de abril de 2015


En una vuelta y media de las agujas sucede la historia escrita a continuación: son las diez en punto en este círculo blanco rodeado de números romanos. Como si fuera una ilusión óptica, el reloj parece flotar en el cielo. Algunos barceloneses dicen que, cada tanto, gira. Pero ahora está inmóvil sobre su base, una torreta gris de tres plantas. Debajo del "IV" hay una inscripción en pequeñas letras azules: BBVA. Es que el edificio que lo sostiene es la sede central del banco.

Frente a él se encuentra la Plaza Cataluña, el corazón de Barcelona. Como un tic, tac mujeres y hombres cruzan apurados de un extremo al otro de este cuadrado desalineado. Turistas le sacan fotos a un monumento con forma de escalera al revés. Peces de cemento echan agua por su boca para llenar las fuentes, donde se bañan las palomas.

En el centro de la plaza, algo irrumpe la escena: un grupo de más de treinta personas empiezan a cantar con un megáfono: Yo soy de la PAH, de la PAH, de la PAH, de la PAH. Yo soy de la PAH, de la PAH, de la PAH, de la PAH. Yo soy de la PAH, de la PAH, de la PAH, de la PAH. Llevan remeras color verde y pancartas hechas en cartulinas de colores que dicen "Sí se puede".

Son las diez y diez. Hora de comenzar el recorrido. Su meta es empapelar la sede del BBVA y no es la primera vez que lo hacen. En esta batalla cada soldado tiene una tarea asignada: mientras algunos cantan, otros con un rodillo de mango largo embadurnan con cola vinílica las ventanas y puertas de vidrio del banco, que hombres de seguridad, al verlos venir, minutos atrás ya habían cerrado.

Un segundo escuadrón apoya sobre el pegamento húmedo papeles que dicen ESTE BANCO ENGAÑA, ESTAFA Y ECHA A LA GENTE DE SU CASA. Una vez recubierta la fachada con carteles verdes y amarillos que llevan el dibujo de un cuervo, (son las diez y veinte) la caravana continúa su camino por Rambla Catalunya, alejándose de la Plaza. Hay algunos que por momentos juegan de cabecillas del rebaño y apuran al resto. Les dicen que no van a llegar, que se va a hacer tarde, que guarden papel para después, que la ruta continúa.

La caravana está conformada por hombres y mujeres que van desde los 30 a los 80 años. Hay una anciana de pelo blanco con mechas de colores naranja, un anciano con bastón. Hay un padre que arrastra un cochecito de bebé. Hay catalanes, brasileños, puertorriqueños. También hay un hombre mayor que se les une más tarde: va con una bicicleta mountain bike roja, un canasto por delante, otro por detrás y un megáfono que dice "Si se puede". Tiene 70 años y barba blanca recogida por una cola de caballo.

Caminan todos juntos, golpeados por la pérdida y con la frente en alto. Al verlos pasar, los turistas los fotografían, los guardias de seguridad de los bancos les cierran la puerta en la cara y algunos vecinos, como si fueran celebrities, les toman la mano, les sonríen y les dicen “si se puede”.

A las diez y media, continúan el recorrido por la Rambla. Es la caravana de los que no tienen casa, de los que están por perderla o ya la perdieron, de los que lograron recuperarla o de los que generaron que sus padres, hermanos o amigos la perdieran por salirles como avalistas. Ellos son miembros de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), un grupo que se formó en 2009 y que brinda asesoramiento jurídico y organiza reclamos, como esta caminata, para recuperar lo que alguna vez fue suyo o al menos no quedarse de por vida con una deuda y en la calle.

—Qué vengan a cobrar lo que debo al cementerio - dice una mujer mayor, mientras me toma del brazo y camina.
— ¿Pero cómo es su caso?
—Yo saqué un crédito en el banco para hacer unas reformas a un local y ahora se quieren quedar con todo porque no puedo seguirles pagando, joder. Pero qué me vengan a buscar a la tumba.

Son ya las diez y cuarenta minutos. En veinte minutos hay que estar en la avenida Paseo de Gracia, el destino final, donde habrá una conferencia de prensa. Antes, en el camino hay una sucursal del banco CatalunyaCaixa, una de las bancas que más créditos otorgó en los últimos años y que fue recientemente comprada por BBVA. Empapelan su entrada.
La mujer que me tomó del brazo, ahora habla por el megáfono: ¿Qué va a pasar con los clientes de Caixa? ¿Qué pasó con los 13.000 millones que le inyectó el Estado? Ahora el BBVA lo compró por 1.000 ¿Y los euros que faltan? ¿Dónde están?-pregunta indignada, con el volumen del megáfono bien alto.

Ladrones, chorizos. De todo, menos lindo, grita el ejército de homeless. Como ellos, en Cataluña, por semana más de 400 familias se quedan sin casa. La mayoría va a parar a la PAH en busca de ayuda legal y contención sentimental.

—El cajero no -le dice un compañero veterano a otro que es la primera vez que participa de la caravana.
— ¿Pero es legal lo que hacemos?, pregunta el nuevo con temor.
—Sí, no pasa nada. Siempre y cuando hagamos un reclamo pacifico. Los bancos ya nos conocen, nos ven venir y se asustan. Cierran las puertas y ya. Otras veces tomamos el banco: nos metemos adentro y nos quedamos sentados hasta que sea el horario de cierre, no los dejamos trabajar. Pero no tocamos nada. Es todo pacifico. A la primera que hay violencia, perdemos todo lo que logramos. A veces llaman a la policía y nos sacan. Ya sabemos qué hacer.

La caravana se apura, faltan diez minutos para la hora pactada y aún hay que caminar varias cuadras más por la Rambla, doblar en la calle Provença, hasta Paseo de Gracia, donde ya se puede ver la fila de turistas que hay en la puerta de La Pedrera, el famoso edificio con una fachada irregular que simula olas y que construyó Antoní Gaudí a pedido del empresario Milà, hace más de cien años atrás.

Por dentro, hay más turistas que se están enterando de la historia del edificio: la idea era que allí funcione la casa del millonario, locales comerciales y pisos de alquiler. Se deslumbran con la majestuosidad de la obra, aunque por la audioguía no les cuentan de las situaciones que interrumpieron la obra, como multas por no respetar las ordenanzas municipales y discrepancias entre Gaudí y Milà. Hasta que todo terminó y no de la mejor manera. Como éste último no le pagaba, Gaudí le hizo juicio y Milà tuvo que hipotecar la casa para pagarle.


La PAH ya está llegando. Frente a La Pedrera, hay fotógrafos y periodistas esperando. Les toman fotos, mientras caminan hacia la esquina. Vuelven a ser celebridades. Allí hay otra sucursal de CatalunyaCaixa. Sobre la vereda, hay una mesa con dos sillas, que otro grupo de la PAH había montado. Las tropas cubren sus puestos: empapelan la fachada del banco con los carteles verdes y amarillos que dicen cuervos, engaños, estafas, vidas en juego.
Son la once en punto. La señora de pelo blanco con mechas naranjas se sienta a la mesa, junto a otro joven con remera verde. Van a denunciar en la prensa el caso de esta mujer y su marido de 70 años, quien por problemas de salud no pudo venir. Ellos habían salido como avalistas de la hipoteca de su hija, quien luego de la crisis económica española del 2008 no pudo continuar pagando la deuda.

Para saldarla y debido a la devaluación de las propiedades, ahora el banco exige su piso y el de sus padres, quienes hace más de cuarenta años que viven allí. Con respaldo de la PAH, piden seguir viviendo en su departamento con un alquiler social de 100 euros al mes: sus ingresos mensuales son de 700. Como esta historia hay miles. Exactamente, 400.000 en toda España. Cataluña lidera el ranking de desahucios.

Si, se puede. Si, se puede, cantan los de la PAH y ríen. Luego de once minutos, la conferencia de prensa termina. La señora que me tomó del brazo está hablando con algunos periodistas de la televisión local. El hombre de la bicicleta está descolgando un cartel que dice Stop Desahucios. La anciana de pelo blanco y mechas naranjas continúa sentada, se la ve nerviosa. El veterano canta, el nuevo también. A unas cuadras, el reloj del BBVA marca las once y media. Desde aquí no se ve, aunque seguro está flotando en el aire, como una ilusión óptica. 
read more "El reloj y la caravana"

viernes, 20 de febrero de 2015


En cada visita, ella siempre tenía algo en su bolso para nosotros. Un tesoro bien guardado, en general envuelto en una bolsa de nylon, que en el momento menos esperado era develado.

Ella ama los perros y creo que de ahí viene mi devoción por ellos. Cuando mis padres no me dejaban tener uno, me prestaba a su dulce Julieta, una pekinés blanca y negra, para estrujarla contra mi pecho.

Ella siempre estaba parada un poco detrás de mi abuelo, retándolo, callándolo. Su papel de caramelo, su caramelo.

Ella con su caminar suave y sus hombros un poco encorvados. Su cabellera de virulana color miel. Su obsesión por hacerse la permanente.  

Sé que ya no podés hablar, que tal vez nunca vuelva a escucharte, pero en mis recuerdos resuena tu voz de silbido azucarado.

¿Cómo hago para guardar en mi frágil memoria el sabor de tus caricias con forma de golosina y buñuelos de espinaca?

Explicame cómo hago para sacarte de esa cama, volver a tu huerta y confesarte que era yo la que te robaba esos pequeños bombones rojos con semillas amarillas de la planta.

Dale abuela, ya es hora, abrí la cartera y danos el tesoro.


(A Elsa)



read more "Abuela"

sábado, 24 de enero de 2015


Nuestra profesora de arte del colegio en Argentina se apellidaba Kats, como gatos en inglés pero con K. Según una amiga, ese apellido se debía a un conflicto felino que se anidaba en su pelo corto, rubio y enrulado.

Fue nuestra maestra varios años seguidos, algunos más queridos que otros: el desequilibrio era otra de sus marcas de agua. En un mismo día, podía pasar de defenestrar la pintura al acrílico de un alumno y hacerlo llorar, para que luego de que el joven volviera del baño con su cara enrojecida, recomendar su "obra" en los torneos juveniles de arte.

Ella nos enseñó sobre puntillismo, vanguardias, artistas de la academia, más puntillismo, arte abstracto, impresionismo, que un Van Gogh, que un Monet, surrealismo, que un Dalí, cubismo social, que un Picasso.

Que el Guernica.


***

El 26 de abril de 1937, en plena dictadura franquista, hubo un bombardeo en una pequeña ciudad del norte de España, llamada Guernica. La localidad vasca había sido atacada por aviones alemanes e italianos aliados a Franco. Se cree que la cifra de fallecidos abarcó de los 120 a los 300. La mayoría de las víctimas acabaron siendo mujeres y niños. Como un grupo de periodistas estaba al lado, en Bilao, cubriendo otro evento, al enterarse de los bombardeos, hicieron eco de ello. Las fotografías en blanco y negro se publicaron en varios periódicos. Los ojos del mundo se posaron sobre la ruina.



***

El artista español Pablo Picasso hacía años que ya no vivía en su país, sino en Francia. Unos meses previos al ataque, el Gobierno de la República Española (el que enfrentaba Franco) le había encargado un gran cuadro para la Exposición Universal que se celebraría en París. Cuenta el folleto del museo Reina Sofía donde actualmente está el Guernica que al ver las imágenes en los medios ya no dudó más: lo sucedido en Guernica sería el tema de su cuadro.

Luego de 62 bocetos, se decidió por empezar la gran obra definitiva. El mismo folleto dice que le llevó menos de un mes pintar ese lienzo del alto de dos jugadores de básquet y el ancho de cuatro. La obra viajó mucho y recién llegó a España una vez acabada la dictadura: tuvieron que pasar más de cuarenta años.

***

No recuerdo lo que la señorita Katz nos explicaba del significado de los cuadros. Pero, con el detalle de un cuadro realista, recuerdo su pelo. Las interpretaciones del Guernica son variadas, pero nadie pone en duda su valor artístico: "Símbolo de los terribles sufrimientos que la guerra inflige a los seres humanos. Un grito contra el horror y la barbarie de la guerra. De cualquier guerra. De todas las guerras".

***

Sobre una pared de la sala 206 del Museo Reina Sofía de Madrid está él. Cubre gran parte de la pared. Si bien está en todas partes -en las diapositivas de Katz, en fotos en Internet, en  murales, en postales- el Guernica está sólo aquí: entre dos mujeres de 50 años que lo custodian con su chaqueta negra y un pin con el logo del museo, una soga a la altura de los tobillos que hace de valla, varios carteles que dicen que fotos no y la piel de gallina de sus espectadores.

Cada dos minutos suena una especie de alarma: el público no puede quedarse eternamente contemplando la obra. Desde la puerta principal de la sala, que queda frente al cuadro, se escucha un bullicio. Una señorita con delantal blanco les dice que hagan silencio: se trata de un grupo de treinta pequeños estudiantes que rondan los 7 años.

Como si fuera una coreografía, todos juntos se sientan en posición india, frente al cuadro. Se callan y miran.



—¿Qué ven? -les pregunta la señorita.

El verdadero Guernica está aquí, inmenso, con sus ojos de hombre en cabezas de toro, con la electricidad de una lamparita encendida, con el grito de un unicornio, con una mujer que vuela, con otra que llora con un niño en brazos.

—Un toro... -dice uno de los niños, un valiente, pues rompe el silencio.
—Un caballo... -grita una niña.
—Una mujer... -la interrumpe un compañerito.
—Un toro -repite otro con orgullo de principiante.

En el Guernica, que está aquí frente a sus ojos, no hay bombas, ni aviones.

—Muy bien chicos -les dice la Katz española - ahora tengo dos preguntas más, pero respondan sin alzar mucho la voz.

El Guernica sigue aquí, entre estos niños, mientras afuera se bombardea.

—¿Les gusta el cuadro? -les pregunta.
—Siiiii -responde en voz baja la mayoría.

—¿Les da alegría?
—No -susurran.
read more "El Guernica"

jueves, 8 de enero de 2015


La ruta provincial 123 deja de ser ruta a 8 kilómetros de Mercedes, provincia de Corrientes. Ya no importan las dos líneas amarillas, la doble mano, el prohibido estacionar o detenerse. Allí el camino se vuelve más angosto: largas filas de autos, camionetas y micros están estacionados parte sobre la banquina, parte sobre el asfalto. Cientos de personas deambulan por la ruta para rendirle tributo a su santo, un santo que no es reconocido por la Iglesia católica, un santo profano, un santo que es un gaucho del norte argentino, Antonio Mamerto Gil, más conocido como el “Gauchito Gil”.

No existen registros históricos oficiales que aseveren su historia. Por eso hay muchas versiones que en algunos puntos se cruzan. Los datos que circulan del boca en boca y las publicaciones con su historia aseguran que Antonio Mamerto Gil nació en Mercedes -localidad donde hoy está su santuario- alrededor del año 1845 y que era integrante del Partido Colorado (movimiento político paraguayo de tendencia conservadora y nacionalista).
Hacia 1875, luchó en la guerra del Paraguay. Finalizada la guerra, Antonio Gil regresó a Mercedes, y se negó a participar del enfrentamiento provincial entre Colorados y Celestes. Entonces empezó a llevar adelante una vida en la clandestinidad. Algunas versiones cuentan que se dedicó al cuatrerismo (robo de ganado), a ser un Robin Hood (robar terratenientes ricos para darles a los pobres) y que sus enemigos (los celestes) empezaron a correr el rumor de delitos que no había cometido.
Se dice que luego él se entregó al mando del ejército, estuvo detenido en Mercedes por desertor y después fue trasladado a Goya para ser encarcelado en el noroeste de la provincia.
En el camino, a 8 kilómetros de Mercedes, la tropa lo ató a un árbol. Ninguno se animaba a matarlo, salvo el sargento. “Me estás por matar con mi propio cuchillo, pero quiero que sepas algo: cuando regreses al pueblo, vas a encontrar que tu hijo está enfermo, y nadie va a saber cómo curarlo. Vos rezá por mí, porque la sangre inocente es buena para hacer milagros”, fueron sus últimas palabras antes de morir. El sargento, al llegar a su casa, se enteró que su hijo agonizaba. La historia cuenta que rezó por el Gauchito y así pudo salvarlo. Así comenzó una leyenda que hoy moviliza a cientos de miles de personas a este santuario, el principal del país, por el cual pasaron ya más de 250 mil fieles, según la Policía Provincial.

Año tras año, este Santo, que forma parte de la lista de “santos profanos o paganos” no reconocidos por la Iglesia católica, gana más adeptos que lo visitan cada 8 de enero en conmemoración al aniversario de su muerte. Un festejo que se extiende desde los primeros días de enero hasta este domingo. Día y noche llegan sus seguidores de distintas partes de Argentina y países limítrofes. Nada es improvisado en esta tradición.
Algunos creyentes vienen motorizados, otros caminando. Lo que importa es llegar. Raúl vino en auto desde Resistencia, Chaco, y hacía años que quería estar en este lugar por la promesa que le había hecho a “su Gaucho”. Recién este año la hizo realidad.
Muchos se asoman a esta capilla con techo de chapa que está al costado de la ruta  para cumplir parte de una promesa o agradecerle. Lo que buscan es poder tocar una estatuilla de medio metro de altura de este hombre morocho con un largo bigote al estilo Pancho Villa con una cinta roja en la cabeza y una camisa celeste.
“A veces se hacen filas tan largas que los 8 de enero muchos no llegan a poder apoyar su mano sobre la cabeza del Gauchito”, cuenta Norma Benítez, una comerciante que hace más de diez años que le hizo una promesa al Gauchito y que “mientras siga teniendo trabajo vengo por él”. Ella tiene un puesto de souvenirs itinerante que va montando en otros festejos del país como la Difunta Correa o la Virgen de San Nicolás, “pero el que convoca más es el Gaucho”.
El memorial está rodeado de comerciantes que ofrecen toda clase de recuerdos con la imagen del Gauchito Gil: colgantes, mates, posters, banderas, banderines, llaveros, remeras, amuletos.
Los visitantes que logran tocar la estatua están unos pocos minutos en contacto y otros le dejan ofrendas. Carlos lloraba mientras tocaba a la estatua. Estaba muy emocionado porque su padre, quien había fallecido hacía pocos días, había prometido dejar de fumar en nombre del Gauchito. Como lo había logrado, le llevó de ofrenda “el último cigarro de su padre” que dejó a los pies de la figura. Muchos son los que dejan ofrendas.

Por eso, detrás de la estatua hay una urna, donde se depositan los objetos que le llevan: suelen ser botellas de vino, whisky, trofeos, fotos, ponchos. Esta urna está repleta de placas de bronce con insignias de agradecimiento hacia el gauchito que le dedicaron distintas familias: “Gracias por los favores recibidos. Te agradezco de corazón los pedidos cumplidos”.

Detrás de este memorial, hay una pared con estantes repletos de velas rojas encendidas y cera roja chorreada en el suelo. Todo es rojo:  estampillas, cintas y pequeñas estatuillas.  Hasta una mujer que fue a agradecer por haber recibido la jubilación viste un vestido colorado. 

Pasan los años y las ofrendas son cada vez más. Por eso, la Comisión Directiva del Gauchito Gil que se encarga de organizar el memorial, los alquileres de habitaciones y carpas en los alrededores, inauguró hace varios años un museo que recopila todos los objetos que se fueron donando. Allí pueden verse desde camisetas de fútbol de jugadores reconocidos hasta un poster de empleados de Aerolíneas Argentinas. También está repleto de otras prendas de vestir como vestidos de novia. Sin olvidar el centenar de bicicletas y chapas de patentes de autos.

“Hubo gente que me trajo las urnitas con las cenizas de sus familiares y ahora están en el museo”, cuenta Ramona, presidenta de la Comisión Directiva del Gauchito. Ella describe que en general los fieles suelen ir a agradecer cuestiones de salud, a veces relacionados con accidentes en la ruta, y por trabajo. Y también aclara por qué se lo asocia al Gauchito Gil como el santo de los delincuentes: “eso se dice porque cuenta la historia que el Gauchito actuaba fuera de la ley. Pero yo siempre digo lo mismo, el gaucho da lo que uno se merece”.
En el predio, también hay un sector con un árbol que representa el lugar donde el Gauchito fue supuestamente colgado antes de morir. Y la parte más festiva está al final del recorrido. Un escenario y una pista son testigos de bandas, baile y bebidas.
En el día principal de la celebración hay una misa a la mañana en la parroquia Nuestra Señora de las Mercedes y luego la Cruz del Gauchito es trasladada al santuario por una caravana de jinetes.

Ramona, que hace años que participa de los festejos, comparte su mirada: “acá viene gente de todas clases sociales, profesiones, países. Esa diversidad se da porque el Gaucho cumple y porque es muy especial. No todo el mundo conoce su historia. Cada uno se crea la propia”.










read more "Un gaucho rojo"

martes, 23 de diciembre de 2014


Era noche de navidad y la mesa estaba reluciente: mi madre se encargaba de desempolvar los posa platos de acero inoxidable que sólo se usaban en ocasiones especiales. Por más que fuéramos los quince comensales de siempre, delante de cada asiento, ella colocaba un papel impreso a computadora con nuestros nombres para que cada uno respetara su lugar. Los centros de mesa solían ser estrellas federales plásticas o esferas de vidrio colmadas de hielos y cerezas frescas.

Como dije antes, no éramos una familia muy numerosa, pero siempre que no lloviera, en el parque de nuestra casa, mis padres armaban dos mesas largas. A falta de la segunda, mi papá improvisaba una: sacaba la puerta de madera de uno de los cuartos para que, como un verdadero milagro navideño y gracias a dos caballetes, se convirtiera en mesa.
Esa noche en especial, la de mi recuerdo, estábamos en el medio del parque, comiendo ensalada rusa, panqueques fríos en forma de torre, Vitel Toné y la clásica pavita con pasas que preparaba mi tía. Los chicos tomábamos Coca Cola,  los grandes, vino. Seguramente yo estaría feliz, viviendo esa felicidad plena e inocente que traían esas fechas.

Tenía 13 años y ya no era una amante de los fuegos artificiales, como nunca lo había sido: a mis 6 años ,un primo lejano, que sólo veía para año nuevo, haciendo formas en el aire con una estrellita que parecía su varita mágica, me quemó una axila. Aún recuerdo el dolor, más bien el ardor. Todos gritaron y una señora que estaba en la fiesta, pero que no era mi abuela aunque tenía la edad de serlo, sacó un spray de su cartera, me lo echó en la herida y como si se tratara de un truco de magia, me curó al instante. Lo juro.

Aquella noche (la de la felicidad pura, la de la puerta como mesa) ya habíamos terminado de cenar. Estábamos en ese momento inacabable que se da entre el fin de la cena y las doce: esa hora en que el cielo se llena de luces de colores, un hombre con una barba blanca extraña reparte regalos y las tías lloran.

Para aminorar la espera, mi padre, que tampoco era un amante de la pirotecnia, pero que una torta de mil tiros o dos cañitas voladoras siempre compraba, no hizo la excepción y empezó a armar el dispositivo en el fondo de casa, delante de la mesa.

Todos (mi hermano, mis primos, mis abuelos, mis tíos, mi mamá, mi papá, la perra) mirábamos para arriba el ritual luminoso previo a las doce. Los destellos de colores escupían el cielo, hasta que todo se volvió negro. El show había terminado demasiado rápido o mejor dicho recién había comenzado. Los tiros ya no se dirigían hacia el cielo, sino que se habían revelado y venían directamente hacia nosotros. Nunca había formado parte de una situación bélica hasta ese momento: los tiros explotaban justo detrás de nuestros pies. Con mis primos empezamos a correr lo más rápido que pudimos hacia la casa, esquivando el castaño del parque y la mesa.

Todos corrimos desesperados tratando de salvar nuestras vidas. Todos, salvo uno de mis abuelos, Víctor. El, sentado frente al tablón, jamás se levantó y eso que uno de los tiros le había pegado en su panza redonda. Su firmeza y redondez estomacal hicieron que ese tiro rebotara y fuera a parar a la puerta hecha mesa.

Afortunadamente el incidente sólo dejó dos secuelas: una, un agujero (del tamaño de un plato hondo) en la puerta-mesa y otra, una historia que cada cena de Navidad siempre alguien recuerda.


read more "Una historia navideña"

domingo, 30 de noviembre de 2014


Es de noche. No llueve, ni hay señales de que el cielo transpire. Sin embargo, ahí está la anciana, diminuta, con sus zapatos color crema y su pilotín rojo. Arrastra un cesto de compras sobre un par de ruedas. Se la ve pequeña, con un pie delante del otro, en medio de una calle del barrio Les Corts en Barcelona. Posa inmóvil en una foto que le acabo de tomar con mi celular.


Unos minutos atrás, mientras espero a una amiga sobre la vereda de la calle Córsega, un grupo de hombres y mujeres actúa como una jauría hambrienta. Las manos se entrecruzan, dentro de los cestos, en busca del tesoro: sachets de leche, baguetes de pan y turrones.
Una empleada del supermercado Caprabo es la que saca productos que ya dejaron de serlo para depositarlos en dos grandes cestos grises de basura con inscripciones blancas que dicen "Ayuntamiento de Barcelona". Detrás de la barricada gris, hay dos hombres que rondan los 50 años, dos mujeres cerca de los 40 y una anciana de pilotín rojo.

En la época en que el 20,4% de la población española vive debajo de la línea de pobreza, los supermercados y restaurantes tiran, al año, 63.000 toneladas de comida a la basura. En algunas comunidades autónomas como Andalucía o Madrid llegan a cobrar multas de hasta 750 euros por agarrar comida de la basura. Pero no es el caso de Cataluña, ni de este grupo de personas.

La mujer mayor llama mi atención: su actitud pasiva, su pilotín rojo, sus zapatos abiertos color crema y su insignia: lleva un par de aretes de brillantes, esos que hay que apretarlos como si fueran dos caparazones de un caracol de mar para lograr sujetarse a las orejas. En el medio, tienen una gran piedra azulina.

Ya quedan pocos minutos para que finalice la pesca de alimentos. Antes de que la jauría comience a dispersarse, me propongo un pequeño juego mental: si la señora de los aretes brillantes parte hacia mi lado, iré a hablarle.
Trato de cruzar su mirada, sin disimulo, y le sonrío. Como si conociera el juego, me gana de mano y me intercepta sin rodeos.

—¿Sabes qué pasa nena?

—¿Qué señora? -le pregunto dulcemente.

—Amo a los animales -confiesa.

—¿Ah sí? -y vuelvo a sonreírle.

—Todos los días vengo a buscar algo de pan para las palomitas. Igual también me agarré leche porque con cien euros para la comida no alcanza - justifica.

—¿Es jubilada? -le pregunto para continuar la charla.

—Sí, pero con los otros 300 pago una piecita.
Sobre la vereda, delante de los cestos, me cuenta que antes había códigos: solían venir jóvenes más respetuosos de la montaña (imagino que se refiere al monte Tibidabo), que le daban más tiempo a ella para que busque entre la basura y que después se repartían las conquistas de manera equitativa.

—Ahora están estas mujeres desesperadas que te sacan todo de las manos -dice enojada-  Igual yo amo a los animales ¿sabes?


Espero un par de cuadras para levantar la cabeza y volver a observarla. Saco mi celular y le tomo una foto para ayudarme a recordarla: se la ve en medio de la Rambla Catalunya, diminuta, intacta, con su pilotín rojo y sus zapatos color crema. No llego a ver los aretes de brillantes sujetados a sus orejas, ni la baguette para sus palomas, pero sé que allí están. 

read more "La señora del pilotín rojo"

En 1976, una monja murió de una terrible enfermedad que más tarde bautizarían como ébola. Al parecer, la infección saltó de la entonces Zaire, actual República Democrática del Congo, al resto de África. 38 años después, se convirtió en tinta: "El ébola llega a América", tituló la revista Time, el 2 octubre de 2014.  

Unos días antes, Teresa Romero, una enfermera española casi muere de una terrible enfermedad que ya todos conocían como ébola. Al parecer, la infección saltó por una falla en el traje que vestía mientras atendía a un paciente contagiado en un hospital de Madrid.

En la pantalla de un televisor plasma que cuelga en una de las paredes de un bar de Barcelona está puesto el noticiero: "Pueden llegar a matar al perro de la enfermera por posible contagio de ébola".

"Preocupa más la vida de un perro, que las de miles de personas que mueren de ébola en África", dice el estado de un amigo de Facebook.

El pequeño televisor encastrado en un mueble de cocina de un departamento en Barcelona es una ventana a una pasarela de talkshows españoles: "que el presidente no salió a decir nada de la enfermera, que los controles en el aeropuerto no son suficientes, que el sistema sanitario, que los..."

Apago la tele. Vuelvo a la realidad (que no es la africana con casi de 7000 muertes): me voy caminando por  las angostas, empedradas y chulas siete cuadras que separan el departamento donde vivo de la estación de trenes de Gracia. Bajo las escaleras automáticas para subirme al tren de asientos naranjas acolchonados y respaldos que sobrepasan mi cabeza. Tras media hora de viaje, entre lomadas de pastos altos, llego a la Universidad. Tomo dos clases de cuatro horas sobre literatura, en una de ellas hablamos sobre el libro "Diario del año de la peste" del escritor Daniel Defoe que trata sobre "La gran peste" de 1665 en Inglaterra, una plaga que mató en un año a una quinta parte de la población de Londres. Cuando vuelvo a casa a la noche, me entero que ya vinieron a instalar el Wi-Fi: estoy conectada con el mundo.

Luego de revisar la casilla de mails, llamo por Skype a mi mamá en Argentina que hacía semanas que no veía mi cara pixelada.

-¿Cómo está el tema del ébola por ahí? ¿Ya murió la enfermera? -me pregunta.

Levanto las cejas, cierro los ojos y niego con un movimiento de cabeza. Le digo que las pruebas le dieron bien, que por acá todo sigue igual, que la gente no anda con barbijos por la calle, que hago la misma vida de siempre, que la realidad (que no es la africana con casi 7000 muertes) la exageran los medios y que en la tele se la pasan criticando a los políticos.

-Ah, pero estás como en casa... -me dice.

Parece que sí, pienso, aunque no sé bien qué responderle.
read more "Cuento de locura del ébola"

miércoles, 1 de octubre de 2014


La señora de pelo castaño, ojos vidriosos y sandalias oscuras no da pasos firmes. Entra como temblando.

—¿Tenés de estos? -la intercepta a la cajera con  mezcla de autoritarismo y vergüenza.

—¿Se refiere a los alfajores, señora?

—Sí, pero no así -responde mientras señala con la mirada varias cajas amarillas con letras rojas que dicen HAVANNA- Quiero un alfajor suelto.

—Claro, señora. Acá sobre el mostrador hay.

—Ay, deme uno.

—Es un euro con diez céntimos, ¿vale? -contesta la empleada con un vale que suena artificial. Es uruguaya y hace tres años que trabaja de vender alfajores y otros productos latinoamericanos en un local en Barcelona- ¿Quiere una bolsa?

—No, gracias. Es para el camino. Quiero algo que me haga recordar a Buenos Aires -dice la señora que desde que entró al local parece que en cualquier momento se pone a llorar.

—¿Hace mucho que está acá en España? -le consulta con confianza la trabajadora de la tierra del presidente Pepe Mujica.

—33 añoz, querida. Pero ez que uno nunca se acostumbra -le dice a la cajera, su fugaz confesora, con un tono tan particular que no suena a catalana, ni argentina.

La empleada la mira asombrada. Le parece que con 33 años fuera de su cuna, la mujer podría, tendría que estar más acostumbrada a vivir en esta ciudad con playa, agua transparente, plazas escondidas y obras de Gaudí. Pero no. La señora de 56 años se fue de Buenos Aires cuando tenía 23. Se fue pensando que iba a volver y jamás lo hizo. 

Primero porque su padre, español, le decía que no volviera, que las cosas "en el sur" estaban mal. Luego, cuenta que todo la fue enredando: su marido consiguió un buen trabajo y más tarde "llegaron los hijos". Ahora los chicos están grandes, su pareja perdió el empleo, hace años que está en paro, como le dicen los españoles a no tener trabajo, y ella tuvo que buscar un ingreso: es niñera y cada tanto se dedica a entrar a los negocios en busca de algo que la haga recordar una ciudad que, como bien dice, paradójicamente, ya no siente suya.



—Las veces que volví, me sentí rara. Ya no soy de Buenos Aires y por más que pase el tiempo, sé que tampoco pertenezco a España. Igual, sabés nena, cada vez que escucho un avión, veo para arriba y sonrío: imagino que soy yo la que va volando -confiesa mientras abre lentamente el papel metalizado de su alfajor. 
read more "Volver"

jueves, 29 de mayo de 2014






Está sentada, sonriendo. Esperando. Está sobre una banqueta y no para de hablar por celular. Cada vez que me la cruzo me da la sensación de que vive  en cámara rápida. Dice que sí, que acepta la invitación, pero cuando vuelva de viaje. Trato de hacerme la que no escucho su conversación, miro para otro lado; aunque mis sentidos están puestos en ella. Tampoco es que la cerrajería de "Omi" sea tan grande: de un lado del mostrador estamos nosotras, Norita y yo. Del otro, "Omi", un hombre grandote con la punta de sus dedos plateados. Mientras lo observo trabajar, imagino que lo metalizado de sus dedos se asemeja a un polvo de otro planeta, aunque sean sólo restos de llaves de esta tierra.

Esta tierra es Castelar, una especie de princesa del conurbano. Un suburbio de la zona oeste de la provincia de Buenos Aires con muchas casas lindas y pocas avenidas: una de ellas es Alem y sobre Alem está la cerrajería de Omi. Es sábado y hay menos movimiento en las calles que un día de semana. Omi le está terminando de hacer unas copias de llaves a Norita, mientras yo espero: quiero averiguar para hacer también copias de llaves, pero para un candado.

La primera vez que la vi, casi diez años antes que esta tarde, no comprendía bien su historia, más bien no la conocía. No se trata de justificar mi ignorancia, tan sólo contarla: en la escuela de monjas a la que fui no se ahondaba sobre las dictaduras. Cuando terminé la secundaria, a los 17 años, Nora me abrió las puertas de su casa, dejó que me sentara en un sillón de su comedor y que la entrevistara para un trabajo.

El tiempo pasó y volví a cruzármela: fue en un vagón de subte de la línea A. Ella bajaba en Piedras y yo la seguí como una paparazzi o más bien, una groupie. Quería hablarle, decirle algo. La miré, la salude y le dije que la felicitaba por su lucha. Ella me dijo si, si, gracias nena, estoy apurada, llego tarde. Cruzó, vertiginosa, Avenida de Mayo por el medio de una cuadra. Seguramente no se acordaba de esa tarde en que estuve sentada en su sillón.

Esa tarde, esta hermana de cinco mujeres, hija de un imprentero machista y que aprendió a coser por carta, me contó que llegó a Castelar a los 20 años (ahora tiene 84), cuando se casó en 1950 con su novio, Carlos Cortiñas, quien tenía una casa en Castelar, la princesa del oeste. Después llegaron los hijos: Gustavo, el mayor, y Marcelo, el menor.

—Es una ciudad muy linda, y aunque por momentos es bastante hermética, la gente se preocupa por el otro -me dijo esa tarde.

El tiempo pasó y después volví a cruzármela. Fue en la fila de un banco que se caracteriza por tener a varios jubilados como clientes y si aún uno no es jubilado, el tiempo bancario se encarga de que te jubiles ahí dentro, esperando. Ese día, mientras aguardaba, detrás mío escucho una voz finita de tono alto:

— Siempre lo mismo en este banco ¿No piensan en la gente?

Me doy vuelta y ahí estaba ella, menudita, petisa de rulos grises: Nora, Norita.

Esa Norita cuyo hijo mayor era Gustavo, un ex estudiante del colegio Inmaculada Concepción de Castelar, que en los años 60, comenzó la carrera Administración de Empresas en la Universidad de Morón. Gustavo, que militó en la Juventud Peronista, fue miembro de Montoneros y después se alejó: no soportaba los políticos que acompañaban al ex presidente Juan Domingo Perón, según me contó Norita esa tarde en el comedor de su casa.

Gustavo, quien a los 21 años, dejó la universidad, se casó con Ana y tuvo un hijo. Gustavo, el que después con un grupo de jóvenes de la Villa 31 de Retiro, con el Padre Mujica a la cabeza, hacía trabajo social. Gustavo, el que luego del asesinato del sacerdote, se fue a trabajar a la zona oeste del conurbano, al Barrio Carlos Gardel y San Juan. 

Gustavo, el que el 15 de abril de 1977, en la mismísima estación de trenes de Castelar,  fue secuestrado por miembros de la dictadura militar y hasta el día de hoy está desaparecido.

Gustavo...

El azar o el destino volvió a hacer que después de la situación del banco de Castelar, me cruzara otra vez a mi vecina en una provincia que queda a 1.100 km. de nuestra ciudad. Yo había ido a hacer una nota a Formosa por la Cumbre de Pueblos Indígenas de Argentina y ella a apoyar la lucha de los pueblos originarios.

—Recién venimos de un vuelo de último momento. Venimos acá a acompañar la lucha de nuestros hermanos originarios -dijo al micrófono frente a cientos de personas en la Cumbre.

Durante la tarde en el comedor de su casa, después de contar el secuestro de su hijo, se hizo un silencio. Ella dijo que cuando se enteró de la noticia fue con su familia a la Comisaría 3° de Castelar sur, sobre la Av. Libertador, a preguntar si Gustavo estaba ahí. La policía que la atendió dijo que el nombre de su hijo figuraba con una frase que decía: "A pedido de área" y que no tenía más información sobre él. Otro día volvió y  un oficial le dijo que no podía hacer nada por ella. Que lo siguiera buscando, que la cosa venía mal.

Ella comenzó a ir todos los jueves a Plaza de Mayo a reunirse con otras mujeres que estaban en su misma situación y daban vueltas por la plaza como símbolo de reclamo de sus familiares desaparecidos; con los años se convirtió en Nora Cortiñas: cofundadora de la Asociación Madres de Plaza de Mayo; integrante de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y doctora honoris causa por la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. Pero eso fue más tarde. 

Antes llegó a ir a Holanda con un grupo de madres a consultar a una vidente que se había hecho famosa por detectar el lugar donde había caído el avión de los rugbiers uruguayos en 1972. Y un día de 1978 se animó a entrar a un terreno extenso que está ubicado sobre otra avenida de Castelar, Blas Parera, donde había una mansión, conocida como Mansión Seré, hoy museo por haber funcionado como un centro clandestino de detención durante la dictadura militar. Pero en ese entonces, ella no sabía nada de lo que sucedía ahí, sólo tenía sospechas de que podían llegar a esconder gente secuestrada. Entonces vio el portón abierto, tomó fuerzas y entró: empezó a golpear las manos, hasta que un hombre de camisa celeste manga corta y peinado con gomina salió de la casona.  

—¿Esta casa se vende? -le preguntó Nora- Quiero poner un hogar de ancianos.

—No señora, vayase -le contestó el hombre.

—¿Y se alquila? -insistió.

—No, váyase por favor.

Ella de paso miraba todo, aunque sólo pudo vislumbrar de la casona marrón una ventana con una manguera. Hasta que se escuchó la voz de otro hombre: "despachá a esta mujer, que se vaya" y no le quedó otra más que dejar el lugar, sin nada a cambio.

El hombre de otro planeta está terminando de hacerle las copias de las llaves a Norita. Ella le pregunta cuánto es, saca la plata de su monedero, toma las copias y se va.

—Esta mujer es importante. Es Madre de Desaparecidos. Hace años que viene acá -me dice con orgullo Omi, dentro de su cerrajería de Castelar. 

Norita ya está a tres cuadras. Va -como siempre- a paso acelerado. Su figura se va achicando, tanto como si la mirara a través del ojo de una cerradura. 
read more "Norita, a través del ojo de la cerradura"
 

Queridos lectores

Seguidores

Con la tecnología de Blogger.