La ruta provincial 123 deja de
ser ruta a 8 kilómetros de Mercedes, provincia de Corrientes. Ya no importan
las dos líneas amarillas, la doble mano, el prohibido estacionar o detenerse.
Allí el camino se vuelve más angosto: largas filas de autos, camionetas y micros
están estacionados parte sobre la banquina, parte sobre el asfalto. Cientos de
personas deambulan por la ruta para rendirle tributo a su santo, un santo que
no es reconocido por la Iglesia católica, un santo profano, un santo que es un
gaucho del norte argentino, Antonio Mamerto Gil, más conocido como el “Gauchito
Gil”.
No existen registros históricos
oficiales que aseveren su historia. Por eso hay muchas versiones que en algunos
puntos se cruzan. Los datos que circulan del boca en boca y las publicaciones
con su historia aseguran que Antonio Mamerto Gil nació en Mercedes -localidad
donde hoy está su santuario- alrededor del año 1845 y que era integrante del
Partido Colorado (movimiento político paraguayo de tendencia
conservadora y nacionalista).
Hacia 1875, luchó en la guerra
del Paraguay. Finalizada la guerra, Antonio Gil regresó a Mercedes, y se negó a
participar del enfrentamiento provincial entre Colorados y Celestes. Entonces
empezó a llevar adelante una vida en la clandestinidad. Algunas versiones
cuentan que se dedicó al cuatrerismo (robo de ganado), a ser un Robin Hood
(robar terratenientes ricos para darles a los pobres) y que sus enemigos (los
celestes) empezaron a correr el rumor de delitos que no había cometido.
Se dice que luego él se entregó
al mando del ejército, estuvo detenido en Mercedes por desertor y después fue
trasladado a Goya para ser encarcelado en el noroeste de la provincia.
En el camino, a 8 kilómetros de
Mercedes, la tropa lo ató a un árbol. Ninguno se animaba a matarlo, salvo el
sargento. “Me estás por matar con mi propio cuchillo, pero quiero que sepas
algo: cuando regreses al pueblo, vas a encontrar que tu hijo está enfermo, y
nadie va a saber cómo curarlo. Vos rezá por mí, porque la sangre inocente es
buena para hacer milagros”, fueron sus últimas palabras antes de morir. El
sargento, al llegar a su casa, se enteró que su hijo agonizaba. La historia
cuenta que rezó por el Gauchito y así pudo salvarlo. Así comenzó una leyenda
que hoy moviliza a cientos de miles de personas a este santuario, el principal
del país, por el cual pasaron ya más de 250 mil fieles, según la Policía
Provincial.
Año tras año, este Santo, que forma
parte de la lista de “santos profanos o paganos” no reconocidos por la Iglesia
católica, gana más adeptos que lo visitan cada 8 de enero en conmemoración al
aniversario de su muerte. Un festejo que se extiende desde los primeros días de
enero hasta este domingo. Día y noche llegan sus seguidores de distintas partes
de Argentina y países limítrofes. Nada es improvisado en esta tradición.
Algunos creyentes vienen
motorizados, otros caminando. Lo que importa es llegar. Raúl vino en auto desde
Resistencia, Chaco, y hacía años que quería estar en este lugar por la promesa
que le había hecho a “su Gaucho”. Recién este año la hizo realidad.
Muchos se asoman a esta capilla
con techo de chapa que está al costado de la ruta para cumplir parte de
una promesa o agradecerle. Lo que buscan es poder tocar una estatuilla de medio
metro de altura de este hombre morocho con un largo bigote al estilo Pancho
Villa con una cinta roja en la cabeza y una camisa celeste.
El memorial está rodeado de
comerciantes que ofrecen toda clase de recuerdos con la imagen del Gauchito
Gil: colgantes, mates, posters, banderas, banderines, llaveros, remeras,
amuletos.
Los
visitantes que logran tocar la estatua están unos pocos minutos en contacto y
otros le dejan ofrendas. Carlos lloraba mientras tocaba a la estatua. Estaba
muy emocionado porque su padre, quien había fallecido hacía pocos días, había
prometido dejar de fumar en nombre del Gauchito. Como lo había logrado, le
llevó de ofrenda “el último cigarro de su padre” que dejó a los pies de la
figura. Muchos son los que dejan ofrendas.
Por
eso, detrás de la estatua hay una urna, donde se depositan los objetos que le
llevan: suelen ser botellas de vino, whisky, trofeos, fotos, ponchos. Esta urna
está repleta de placas de bronce con insignias de agradecimiento hacia el
gauchito que le dedicaron distintas familias: “Gracias por los favores
recibidos. Te agradezco de corazón los pedidos cumplidos”.
Detrás
de este memorial, hay una pared con estantes repletos de velas rojas encendidas
y cera roja chorreada en el suelo. Todo es rojo: estampillas, cintas y
pequeñas estatuillas. Hasta una mujer que fue a agradecer por haber
recibido la jubilación viste un vestido colorado.
“Hubo gente que me trajo las
urnitas con las cenizas de sus familiares y ahora están en el museo”, cuenta
Ramona, presidenta de la Comisión Directiva del Gauchito. Ella describe que en
general los fieles suelen ir a agradecer cuestiones de salud, a veces
relacionados con accidentes en la ruta, y por trabajo. Y también aclara por qué
se lo asocia al Gauchito Gil como el santo de los delincuentes: “eso se dice
porque cuenta la historia que el Gauchito actuaba fuera de la ley. Pero yo
siempre digo lo mismo, el gaucho da lo que uno se merece”.
En el día principal de la
celebración hay una misa a la mañana en la parroquia Nuestra Señora de las
Mercedes y luego la Cruz del Gauchito es trasladada al santuario por una
caravana de jinetes.
Ramona, que hace años que
participa de los festejos, comparte su mirada: “acá viene gente de todas clases
sociales, profesiones, países. Esa diversidad se da porque el Gaucho cumple y
porque es muy especial. No todo el mundo conoce su historia. Cada uno se crea
la propia”.

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