martes, 16 de octubre de 2012




Karina tiene los ojos cerrados, está quieta y de pie. Su cuerpo está tensionado. Tiene las manos cerradas y los hombros tiesos. Igual, dice que está dispuesta a dejarse llevar. Alguien roza su brazo y le gusta. No sabe quién es, pero es dulce. Al instante, siente otro roce. Esta vez es en su mejilla derecha. Sospecha que se trata de un hombre más joven que ella y que está nervioso: su mano está húmeda.

Karina lo único que ve es una imagen negra. Hace fuerza para no abrir los párpados. En medio de un salón de un club de barrio, rodeada por quince personas, el joven extraño la estremece entre sus brazos. Se siente contenida.

Lo abraza más fuerte. Dice que le da confianza.

—Ahora los que tienen los ojos abiertos deben esconderse en algún lugar de la sala para que sus compañeros, al abrirlos, los reconozca con sólo una mirada –explica la maestra del taller, Victoria Lagos.

Karina abre los ojos. Ve cómo cada pareja se reencuentra. Pero tarda un poco más en hallar a su compañero. Gira la cabeza y allí está: inmóvil y con los ojos vidriosos. Mariano –más tarde Karina sabrá que así se llama- le cruza la mirada y la reconoce. Es flaco, alto y de tez morena, viste ropa deportiva y tiene 19 años. Se emocionan y abrazan. Es la primera vez que Karina experimenta algo así, no al igual que Mariano que hace más de un año que va cada sábado al lugar. El hace el ejercicio con quien sea. Ya conoce la dinámica. Va porque, según dice, allí se siente libre. Sin importar “quién seas o qué hayas hecho”.

—Ven que un cuerpo puede mucho más –explica con voz dulce la profesora- El cuerpo carga con nuestra historia, con lo que se está haciendo y con todo lo que puede ser.

Vicky, como le dicen sus alumnos, tiene 28 años, pelo trigueño y cuerpo esbelto. Ella dice que le gusta denominar a este espacio como el taller de los abrazos. Su verdadero nombre es algo más formal y aburrido -Taller de Expresión Corporal para la Integración Social- y busca algo así como “construir una alternativa de ternura en medio de tanta violencia”.
La clase se da en un club en Marcos Paz, un partido que marca el límite de la zona más urbanizada del oeste del Gran Buenos Aires, Argentina, con un territorio rodeado de pastizales y campo. En este momento, la profesora está en medio del salón, dando las instrucciones para este grupo de personas bastante heterogéneas. Si bien la mayoría son jóvenes, como Mariano. Hay un grupo de mujeres, al igual que Karina, que superan los treinta años y lo toman de práctica para su carrera, Trabajo Social. El resto son chicos que tienen alguna discapacidad o pasaron por situaciones de abuso, maltrato y hasta privación de la libertad en institutos de menores.

Ese mismo día, por la mañana, Mariano se quedaba sin trabajo. Hace un año que se encuentra en libertad. Desde entonces –y también antes–, su vida es como un electrocardiograma. Así explica Vicky los vaivenes que sufre su alumno día a día. Su maestra de expresión corporal lo conoció cuando él estaba alojado en la Colonia Gutiérrez, una residencia socio educativa de libertad restringida en Marcos Paz, al cual asisten los chicos para concretar su egreso por buen comportamiento del sistema penal juvenil. Desde ese entonces, lo acompañó en su camino. Se convirtió en su referente y soporte.

II

A los dos días del taller, Mariano está tomando un café con leche en un bar a dos cuadras de la estación de trenes de Moreno, localidad al oeste de la provincia de Buenos Aires. No está solo, a su lado se encuentra su sobrino, que tiene un par de años menos que él. Cuando Mariano agarra la taza para llevarse un sorbo a la boca, hay algo entre su dedo pulgar e índice que llama la atención. Es un tatuaje de varios puntos. Están posicionados como si fuera un cinco de la cara de un dado.
Se trata de un tatuaje tumbero. Se lo hizo en cautiverio con tinta china y agujas. Ese símbolo, muy popular en el lenguaje de la cárcel, suele representar el odio a la policía. El punto central hace referencia al “delincuente” y los cuatro restantes a los oficiales que lo rodean y no lo dejan escapar.

Hace años que Mariano tiene esa imagen, una de las principales razones por las cuales más le cuesta conseguir trabajo desde que salió en libertad. Por eso, a veces, se presenta a las entrevistas laborales con muñequeras o guantes. No como le ocurrió hace quince días atrás:

—Ah, pero vos sos tumbero –le dijo el encargado de una fábrica de baldosas, al momento en que iba a estrecharle la mano.

—Si, y por lo que parece vos sos re ortiva. Ahora ¿sabes qué? El del medio sos vos –le contestó, estando algo fuera de sí y señalándose la mano.

A pesar de esa charla, postuló para ese trabajo, donde estuvo dos semanas hasta que lo echaron por reducción de personal. Por eso ahora está desempleado.

El sol del mediodía entra por el ventanal del bar y le ilumina su cabello negro, la cicatriz en su frente, sus ojos achinados y su sonrisa. Mientras habla con su sobrino, sus encías sangran y sus dientes desalineados se manchan de rojo. Por la estación de tren, pasa un grupo de diez chicos con ropa deportiva, gorra y mochila. Caminan todos juntos, parecen recién salir del colegio.

—Mirá a esos rateritos de mierda. Hacen cualquiera. Van juntos de acá para allá. Ahora seguro le roban a una vieja y se van corriendo, después meten todo en la mochila –le dice el sobrino a Mariano con tono de crítica.

—Nosotros ya pasamos por esa –le replica Mariano entre risas burlonas y voz de superioridad.

El rostro moreno de Mariano se parece al de un adulto. Sus 19 años se multiplican a medida que hace algún gesto. La primera vez que cayó preso por robo tenía 8 años. Estuvo detenido en el Instituto Borchez de Otamendi, un centro cerrado donde asisten niños de entre 8 y 12 años que cometieron delitos, del cual pudo escaparse.

A lo largo de los años –hasta cumplir 10– siguió cayendo y huyendo. Pero antes de eso, se cansó de los malos tratos, golpes y gritos de su hermano mayor Víctor, quien lo crió desde los 3 años, y se escapó de su casa. Encima su padre era “un mal ejemplo”. Se la pasaba robando, entonces no querían que pase tiempo con él.

Mariano compartió varios años de su infancia con Víctor, pero después se fue a vivir a la calle. Sus días cambiaron: pedía monedas en la Plaza de la República, la del Obelisco, una de las más transitadas de la Ciudad de Buenos Aires. Recuerda que el primer día de esa nueva forma de vida, Nicolás –un chico de su misma edad– intentó robarle la campera.

—Ey, ¿qué te pasa? –le dijo Mariano al niño.

—Dame la campera, dame la campera –le forcejeó el pequeño.

—Pero es lo único que tengo –le contestó Mariano con congoja. No aguantó y se puso a llorar.

Nicolás en vez de salir corriendo, lo calmó, escuchó su historia y lloró con él. Desde ese día, se hicieron grandes amigos y jamás se separaron, salvo por algunos períodos de tiempo y un final trágico. Mientras tanto, comenzaron a rastrear: robar juntos elementos personales de poco valor, como billeteras a turistas. A los pocos meses, la banda se agrandó. Se sumó Rodrigo, un chico que pedía monedas para consumir pegamento en la estación de trenes de Constitución, una de las centrales de la Ciudad.

El nuevo integrante vivía en Ciudad Oculta –uno de los barrios más pobres de la Ciudad conocido como la “capital mundial del paco”, droga hecha con los desechos de la cocaína– donde Mariano y Nicolás se instalaron con él.

En el bar, el sol sigue entrando por la ventana, pero con menor intensidad.

— ¿Te gusta cómo estás ahora? –le pregunta el sobrino.
—No sé –responde Mariano- Siento como que me adapté. Me rescato de las cosas que aprendí allá en la cárcel. A veces me quiero re matar porque me quiero mandar alguna. Siento que mi cuerpo está acá, pero mi mente, allá adentro.

III

A los 10 años, Mariano volvió con su hermano y se encontró una gran sorpresa. Su madre, que cuando él se escapó de su casa estaba presa, ahora se encontraba en libertad. Hacía años que ella lo estaba buscando, pero no podía dar con su paradero. Al reencontrarse, él decidió irse a vivir con ella y retomar la escuela; aunque se escapaba de vez en cuando. En ese entonces tenía prohibido verlo a Nico. Con el paso de los días, había perdido contacto con él. Hasta que una vez su hermano mayor golpeó a su madre y Mariano –que ya tenía 12– trató de defenderla. Terminó fuera de sí. A los tiros. Su madre lo echó, le dijo algo así como “andate y devolveme el fierro”, en referencia a su arma. Él le hizo caso.

Al tiempo se cruzó con su padre, quien le pegó. Le pegó por ser rastrero. Mariano explica que para su padre el mejor hijo era aquel que se dedicara a robar. Pero robar “bien”. Así es como le propuso a Mariano acompañarlo a robar casas con él para que aprendiera.
Después de ir tres veces, su hijo ya se animó a empezar a ir solo. En uno de esos robos, la policía lo detuvo y terminó en el Instituto de Menores San Martín, donde van los chicos que comenten delitos en Ciudad de Buenos Aires y tienen entre 12 y 16 años. Allí Mariano no estuvo solo. Se reencontró con un viaje amigo: Nico. Desde ese momento, no volvieron a separarse, salvo por algunos períodos de tiempo y ese final trágico. La vida de ambos se transformó en una especie de ruleta rusa con cuatro casilleros: cumplir condena, robar, caer de nuevo y escapar. Cumplir condena, robar, caer de nuevo y escapar. Así, por varios años más.

Una de las veces que estaban en libertad, a la banda de Nico, Rodrigo y Mariano, se le sumó Peca, quien –según Mariano–  era muy maldito. Para él, maldito significa ser bien malo y dedicarse a robar, pegar, maltratar, amenazar, pero sobre todo, matar.

A los 14 años, Mariano y sus amigos fueron a robar a un supermercado chino, y desde ese día nada volvió a ser igual. De los cuatro, volvieron tres. Mariano después de este episodio se sintió culpable. Siguió robando con sus amigos, cayendo preso y saliendo del Instituto San Martín. Terminó en una comunidad terapéutica, hasta que volvió con su madre a Moreno. Con 15 años, se la llevó a vivir a una casa que alquilaba, lejos de su hermano. Su madre, según cuenta Mariano, por fumar muchos – pero muchos–  atados de cigarrillos por día sufría de un enfisema pulmonar. Dos meses después de vivir juntos, ella tuvo una descompensación y terminó internada.  A los pocos días, se enteraría que había muerto.

IV

Mariano es ansioso y eso lo vuelve –la mayoría de las veces– puntual. Hoy es sábado y otra clase comienza a las tres de la tarde. El viaje desde el lugar donde él vive ahora –Moreno– hasta el club de Marcos Paz le demanda una hora de viaje en tren y colectivo.

La puerta de chapa con pintura blanca descascarada y sin picaporte no abre. Vicky pone la llave en la cerradura, la gira dos veces, hace presión para adelante y atrás, pero no puede abrirla. Cuando llega Mariano, a las tres en punto, intenta presionar con más fuerza, y nada. Los otros alumnos ayudan, pero no logran ganarle al cerrojo. Pasa el tiempo y los chicos se acumulan en la entrada del Club, mientras el frío de junio en la provincia de Buenos Aires no ayuda.

— ¿Por qué no vamos a la plaza a hacer el taller? –propone una de las chicas, en referencia a la plaza San Martín de Marcos Paz, la principal del partido que queda a tres cuadras del Club. Vicky acepta. Cuando todos llegan al pasto, ella propone sentarse en ronda. En el círculo hay siete chicas que provienen de un hogar de niñas víctimas de abuso sexual –tres ya egresadas–, tres chicos de la Colonia Gutiérrez, tres estudiantes de Trabajo Social –entre ellas Karina-, Mariano y Vicky. También hay dos perros que dan vueltas.

—Bueno chicos, hoy vamos a cerrar los ojos y agarrarnos de las manos de nuestros compañeros. Siéntanlas, masajéenlas. Sientan cada hueso, articulación. Apriétenla un poquito, sin hacer doler, y suéltenlas. Demuestren que están ahí –explica Vicky.

Dos chicos provenientes de la Colonia se levantaron. Prefirieron dejar de hacer lo que estaban haciendo y se fueron para un costado. Se quedaron como meros espectadores mirando a ese redondel de personas con ojos cerrados y tomadas de las manos, a los perros que olían y empujaban con sus hocicos las manos de los chicos en busca de alguna caricia y a un grupo de bomberos voluntarios, a unos metros de la ronda, haciendo cuerpo a tierra a modo de práctica para su vocación. En eso, la voz de Vicky interrumpe el paneo:

—Ahora quiero que toquen el pasto con la mano bien abierta. En uno de los centros de régimen cerrado donde soy voluntaria, se me ocurrió llevar flores para sentir el roce de los pétalos en la piel y las sensaciones que despiertan. Pero me dijeron con tristeza que desde hace mucho tiempo está prohibido el ingreso de flores o vegetales. Sin embargo, pude realizar el trabajo durante media hora con una de las chicas del Inchausti (un centro de adolescentes mujeres en conflicto con la ley penal en Ciudad de Buenos Aires) y fue maravilloso. Hacía un año y medio que no olía, ni sentía una flor en su cuerpo. Allí todo es cemento. Por eso, quiero que sientan la tierra, la energía de la naturaleza y valoren esto que están haciendo ahora.

Al finalizar el encuentro, Victoria propone que sus alumnos compartan lo que sintieron al seguir sus consignas. Ellos cuenta que “sintieron confianza en un extraño”, que “lograron romper las barreras de ciertos prejuicios que tenían con una persona sólo por la manera en que se vestía” y que “lograron bailar con un joven cuando hacía años que no podían tocar a un hombre por las malas experiencias vividas”.


V
Luego de la muerte de su madre, la ruleta rusa de la vida de Mariano comenzó a girar nuevamente, pero esta vez sin su amigo Nico. Después de reencontrarse, se pelearon. Entonces Mariano se fue a la ciudad costera de Mar del Plata un par de meses y al volver cometió más robos. Cada vez más violentos. De muchos se acuerda instantes debido al alto nivel de estupefacientes con los que cargaba en su organismo. Hasta que hubo una vez que al robar una camioneta de alta gama con sus compañeros, mientras escapaba de la policía, dio un trompo que los dejó dados vuelta. Él logró salir del automóvil y arrastrarse. A las dos cuadras, su cuerpo dijo basta.
La policía lo capturó. Lo llevó a una comisaría de Belgrano, un barrio de clase alta de la Ciudad, donde le hicieron varios cortes con un abrecartas en las plantas de los pies. Sufrió. Lo metieron en una celda con otros presos y lo dejaron varios días. Cada tanto los mojaban con agua fría. Luego dice que lo llevaron al hospital, donde pasó meses recuperándose y le siguieron tres años preso en tres institutos de menores diferentes y una residencia semi abierta.
Mariano cumplió tres años en cautiverio y está a la espera de su juicio. Pasó dos años en el Instituto de Menores Roca para chicos de 16 a 17 años, donde solía pelearse con varios del pabellón, por eso estuvo meses encerrado solo en una celda sin poder hablar con nadie, ni hacer ninguna actividad extra. Después lo trasladaron al Belgrano para adolescentes de 17 a 18 años y a una colonia semi abierta en Marcos Paz, donde conoció a Vicky. Luego quedó en libertad asistida y dice que pasó por un programa de hoteles que brinda el Estado nacional para chicos que recién salen de estar en cautiverio y no pueden volver con sus familias. Pero como renunció al trabajo que le habían ofrecido, donde le pagaban menos de cien dólares al mes, lo echaron del lugar. Desde ese momento, empezó una gira por distintas casas, hasta llegar adonde vive ahora, en Moreno con su primo. En ese ínterin, se fue enterando noticias de sus amigos, como que Rodrigo murió en un robo y del destino de Nicolás. De él, a Mariano ahora sólo le queda la N tatuada en el cuello. “Nico” terminó muriendo a los golpes en un penal de Marcos Paz, mientras peleaba con otro preso.


VI

—Trabajo con cuerpos cuya existencia se ha regido a partir de experiencias de violencia y maltrato. Una violencia y un maltrato que se vuelven la forma habitual de relacionarse; pauta y condición para el encuentro con otro. Sin embargo esta violencia, este maltrato, no nace ni muere en sus cuerpos, sino que circula y se reproduce en todo el tejido social, alcanzando distintos grados según el contexto y las vivencias que van marcando a los cuerpos, su subjetividad.

Estos conceptos los escribió Victoria. Forman parte de un escrito que guía su investigación de graduación de la Licenciatura en Expresión Corporal del  Instituto Universitario Nacional del Arte (IUNA), una de las escuelas públicas especializadas en arte más prestigiosas del país.
Este es el tercer año consecutivo que realiza esta clase de talleres en los que, según ella, brinda un contexto amoroso para los jóvenes se den permiso a despojarse de tanto dolor, marcas, miedos y resistencias, para abrirse a lo nuevo y ofrecer su danza. Aclara que no pasó con todas las personas que transitaron su espacio, pero que con muchas de ellas sí: “los ha sostenido la pertenencia a un grupo, a un lugar donde se sienten apreciados, queridos, respetados, aceptados y donde sienten que confían en ellos y que no se les exige nada a cambio”.
Sus primeras experiencias del taller fueron duras. Se involucró mucho con dos chicos en particular con los cuales generó una relación muy cercana. Un caso es el de Eve, una chica que sufrió abusos desde pequeña, y el otro es el de Mariano, a quien conoció cuando él ya estaba en la Colonia Gutiérrez.  Una de las primeras imágenes de Mariano que se le vienen a la mente es la de un chico medicado (introvertido y ensimismado) en la esquina de un salón donde ella daba un taller. Al tiempo, él le acercó una (carpeta) pequeña revista con escritos autobiográficos. Es que mientras estaba privado de su libertad, había leído un libro de “Camilo Blajaquis”, un chico que mientras estuvo preso, empezó a escribir poesía. A partir de ese momento, hizo lo que nunca antes había hecho: dibujar y escribir. El relata que eso lo ayudó a desahogarse y expresar lo que nunca antes le había contado a nadie.
Una vez en libertad, ella fue un gran apoyo. Llegó a hospedarlo en su casa –donde vive con sus padres- y en la de su novio; a ayudarlo a conseguir trabajo y a dejar ciertos vicios. Eso no quiere decir, aclara ella, que Mariano cada tanto no haya sufrido –sufra– altibajos.
Ahora Mariano asiste al taller todos los sábados, desde hace más de un año. Se lo ve entusiasmado y cumple con las actividades.


VII

En una sala a oscuras, una luz se enciende y se vuelve a apagar. Así varias veces, acompañada por el sonido de un piano y una guitarra. Durante esos destellos de luminosidad, se distingue un joven de perfil, en cuclillas, que mira hacia abajo y tiene las manos sobre la cabeza. Cada vez que se prende la luz se ven distintas escenas. El chico está de espaldas. Se saca la remera. Se revuelca en el suelo. Sufre. Se levanta. Se toca el cuerpo. Vuelve a caer.
Este chico es Mariano y pareciera que baila su historia, sus golpes, sus llantos. Al final del acto, él se para y mira al público fijo a los ojos. Es una mirada de odio. Como si todos lo irritaran. La luz y la música vuelven a apagarse y sólo se escuchan los aplausos. La sala del IUNA está repleta. El acto formó parte de un examen para la Universidad que tenía que presentar Victoria, en el cual se debía (presentar una obra que sea el producto de una profunda afectación, algo que atravesara y desbordara el cuerpo del coreógrafo y que valiese la pena hacerse público). Vicky decidió (proponerle a Mariano elaborar una coreografía que brotara de su cuerpo y de su historia, y sobre todo que lo alentara a “no entregarse nuevamente al sistema como “pibe chorro” sino a demostrar y demostrarse que su cuerpo puede más que eso). Le llevó meses de preparación. Hasta último momento ella pensó que él (quizás) no iría, pero se equivocó: allí estaba. Ahora todo está filmado en un video que tiene ella y que algún día piensa mostrarles a los chicos del “taller de los abrazos”, al cual Karina sigue yendo. Ya va por su tercera visita. Ese día, Karina debía elegir a alguien de entre todos los presentes para hacer el ejercicio del espejo  –en el cual una persona se para frente a la otra y debe copiar sus movimientos – y lo eligió a Mariano.
Él extendió su brazo derecho desde su pecho hacia fuera de su cuerpo y Karina lo copió. Se puso de cuclillas en el suelo, ella hizo lo mismo. Mariano cerró los ojos, ella también. El los abrió, pero Karina no. La tomó de la mano y la llevó a dar una vuelta por el salón. Se convirtió en su guía. Seguía sin saber nada de ella, ni ella de él. Lo único que sabían era que ese día era sábado y que estaban tomados de la mano en un viejo salón de barrio. 

read more "El poder del cuerpo"

domingo, 16 de septiembre de 2012



Mara no cree en los videntes, en el tarot, en los buzios, en nada. Cree que se trata de personas que se aprovechan de la debilidad de las otras.

Un hombre en el garaje de su casa cita a los que quieren saber qué va a pasar con su futuro. Qué les deparará el destino. Como si fuera una especie de “adelanto exclusivo” de la película de su vida. “El brujo”, como le dicen el barrio,  atiende en una casa sencilla,rodeada de calles de tierra, ubicada al oeste de la provincia de Buenos Aires.  Tiene dos puertas, una para los que no les molesta esperar, a cambio de no pagar, y otra –un  portón- por la que ingresan los que abonan los $50 que sale la consulta. Se cree que “el boca en boca” es muy eficiente –ya que no tiene publicidad- porque todos los días, menos los lunes que no atiende, la salita de espera está repleta y se hacen filas de automóviles y hasta camionetas 4X4 en la entrada del lugar. Cada tanto se abre el portón y hace pasar a su próximo paciente.

Mara entra por el portón.

- ¿Qué querés saber? ¿Qué problema tenés?

El brujo Tino está rodeado de fotos del Gauchito Gil. Tiene una tele prendida en un canal que no para de comunicar chimentos y un tablón con dos sillas, sobre el que reposa un mazo de cartas españolas.

- ¿Cómo es tu nombre? ¿El de tu pareja? Escribime la fecha de nacimiento de los dos en este papel.

Tino, mientras hace estas preguntas, agarra el mazo, comienza a mezclarlo y dice en voz alta los nombres indicados.

- Ahora separá el mazo en tres y elegí uno.

Toma el pilón de cartas elegido y comienza a darlas vueltas sobre la mesa. Dice cosas como “acá veo otra mujer. Vos sos celosa. Veo un hombre mayor. Tres hijos. Una propuesta de matrimonio. Una casa. Crecimiento económico. Te salió la rueda de la fortuna. Problemas de cintura”.

- ¿Cómo estás con tu pareja?

-Bien -dijo Mara.

- ¿Tenés algún otro problema para consultar?

Tino vuelve a tirar las cartas, esta vez por el futuro laboral. “Acá veo firmas, contratos”, explica mientras reparte y ve las figuras con espadas, bastos, oros y copas.

-Gracias por venir. La consulta es $50. Te recomiendo hacerte los baños que abren caminos. Te doy las indicaciones en este papel. Volvé cuando quieras.

Mara sale del garage y tira el papel en el primer cesto que se cruza a su pasa. Todavía no lo sabe, pero vivirá su vida igual que antes y esperará no tener problemas de cintura cuando sea vieja.

Y bueno. Nadie es perfecto. A veces la debilidad y la curiosidad le ganan a la coherencia
read more "Adivina, adivinador "

domingo, 2 de septiembre de 2012


Mientras se seca con la toalla la panza, se le escapa un pezón. La mujer mayor parece no darse cuenta. Ninguna de las mujeres parece darse cuenta. Menos Mara, ella sí se da cuenta y le molesta. Trata de llevar los ojos para otro lado, pero hay algo que es más fuerte que ella: los ojos se le van al pezón viejo.

—Qué frío anda haciendo ¿no? -exclama la mujer con la teta al aire.
—Si, tremendo –le contesta otra con poca ropa encima.

Se ve que uno de los pocos lugares en el mundo donde no es éticamente incorrecto hablar del clima con las partes púdicas al aire, debe ser un vestuario. Calor, humedad, desnudos.
Mara se termina de sacar toda la ropa para ponerse la malla entera. Es un tanto vieja, no es de ella. Se la prestaron. Decidió no invertir en una nueva si no sabe cuánto va a durar en las clases de natación. Tuvo que empezar por sus problemas en la columna. Los huesos se le estaban atrofiando de tanto estar sentada a la computadora. Su cuerpo ya empezaba a asemejarse a la letra L mayúscula.
Sale del vestuario, con gorro de baño y antiparras, y se dirige a la pileta. Sabe que parece un alienígena, pero qué más da. Es una tierra perdida, donde el agua está tibia y le gusta.

—Bueno, hacete cuatro piletas tranquila del estilo que vos quieras.

A Mara le gusta nadar pecho. Tal vez por la idea de controlar hacia dónde se dirige. Toma impulso desde el borde y se deja llevar. Su cuerpo se llena de adrenalina. ¿Por qué las personas pasamos tan poco tiempo en el agua? La mayoría del día estamos secos, salvo por unos veinte minutos diarios promedio en la ducha. Lo que es igual a estar  sólo cinco días enteros al año todos mojados. O sea, nada. Nada de nada.
Todo eso piensa Mara mientras nada. Hasta que recuerda que está nadando espalda y se le acerca el borde. Debe prestar atención. Así como se le acerca el borde, ya termina la hora y debe volver al vestuario para bañarse y volver a su casa.

—Este Moyano al final quiere mostrar que puede maneja el país, quién se cree que es -grita una chica de unos 28 años, mientras se envuelve en la toalla al salir de la ducha. Se sienta en una de las tarimas y se calza una tanga. Mara, mientras tanto, trata de hacer malabares para que no se le escape nada de lo que no le quiere mostrar a la extraña que habla de Moyano. Nada de nada. Se termina de vestir, se abriga y se va. Hasta la semana próxima no volverá.
read more "Una tarde en el vestuario"



Un día M apareció con zapatillas nuevas: rojas y negras con resortes. Contó que se las había robado a un chico con el que se peleó, que le decía que andaba sin plata. Pero si no tenía ni un peso porqué usaba zapatillas nuevas. Eso pensó M y no le parecía justo. Entonces las tomó prestadas de manera permanente y se creyó su merecedor. 


Un día Z trajo zapatos nuevos: negros y con unos delicados cordones encerados. Los cargaba en una bolsa de marca. Dijo que se los había comprado en el shopping para su primer día en el trabajo nuevo, que tanto había anhelado. Se los probó en el local, observó su reflejo en el espejo que estaba a la altura de sus pies y le gustó cómo le calzaban. Pagó con la tarjeta y se los llevó. Fueron su orgullo.


M relata que no se acuerda cuándo fue la primera vez que alguien le compró un calzado y que en la vida de la calle las zapatillas tienen su propia clasificación. Según esas características, uno ocupa distintos lugares. Por ejemplo, para él, las de resortes se ganan el podio.


Z sabe que ir “bien vestido” a un trabajo le da “chapa”. Nunca se le ocurriría ir de zapatillas a la empresa.


Cuando jalaba pegamento, M se ponía a limpiar sus zapatillas. Las limpiaba, las limpiaba. Nunca le quedaban del todo limpias.


Por si alguien llegara a pisarlo, Z se compró un producto que impermeabiliza la superficie de sus zapatos.


El pegamento le hacía tener un flash recurrente: que sus zapatillas iban a comerlo. Entonces se las sacaba y se quedaba descalzo. El miedo no le permitía a M volver a ponérselas.


M está contando este relato en un bar. Dice que para saber realmente cómo es una persona lo primero que hace es mirarle sus zapatos. Mientras tanto, calculo que Z debe estar llegando del trabajo y quitándose el calzado, que es lo primero que hace cuando entra a su casa. Dice que estar descalzo es lo único que lo libera.     

Publicado en la revista Visible lo Invisible
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— ¿Estás loca? De esto no se sale. 

Le dijo Víctor a Flora Yesmith. Acto seguido, se fue a comprar una faja y un nylon a un supermercado cercano al hotel donde estaban alojados, a unas cuadras de la estación de trenes de Liniers, una localidad que marca el límite de la Ciudad de Buenos Aires con la zona oeste de la provincia. El hombre tenía razón. Ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Ya le había dado a la mujer una inyección para los cólicos y le había explicado cómo debía ingerir las capsulas. Pero ella, le dijo que no iba a poder tragarlas, que quería abortar el plan. Entonces él pensó una alternativa: le hizo colocarse los 83 comprimidos envueltos en nylon y luego la faja de color natural, alrededor de su abdomen. Más un envoltorio en su zona vaginal con una sustancia blanca.
Luego, ambos tomaron un taxi hasta el aeropuerto de Ezeiza y nunca más volvieron a verse. Los que si la vieron fueron los agentes de la Policía de Seguridad Aeroportuaria, que estaban haciendo el control de pre embarque de su vuelo con destino a Madrid: al traspasar el arco detector de metales hizo activar la alarma. En el momento de chequearla, uno de los guardias notó un bulto a la altura de su vientre. Le levantaron la ropa y le encontraron un kilo y 100 gramos de cocaína. La llevaron detenida.

Flora es boliviana, tiene 42 años y en el momento en que decidió ser mula su hija tenía 12 años y un problema de audición que necesitaba de una operación de casi 7 mil dólares para que no quedara sorda. Según detalla su fallo, una vecina le dijo que tenía un conocido que sabía de gente que llevaba droga en el estómago a Europa por U$5000, saliendo de Bolivia; o U$4000, desde Buenos Aires. Así fue que la contactaron y emprendió el viaje. Un viaje que terminó con una condena de 4 años y 6 meses en la unidad 31 de Ezeiza, Argentina, una de las dos cárceles donde el sistema penitenciario argentino aloja a extranjeras procesadas y condenadas;  la otra es la Unidad 3 también en Ezeiza. Una vez condenadas, el camino continúa, muchas son trasladadas al interior y al norte del país: a la Unidad 4 de La Pampa, la Unidad 22 en Jujuy o la 23 en Salta.

— Te voy a recomendar para que vayas a trabajar a una fábrica de jeans de primera línea en Argentina.

Esa fue la invitación de su mejor amiga a Iwona, una mujer polaca que nunca habría sospechado de su compañera. En mayo de 2008 viajó a este país desconocido con la idea de quedarse entre dos y tres meses. En Polonia había dejado hijos –tres- y deudas –varias-. El problema fue que los jeans nunca llegaron. Se cansó de que el tiempo pasé sin que nada sucediera, entonces llamó a su amiga:

—Yo vine a trabajar, no a esperar. Vos deciles que les voy a pagar el pasaje que me compraron y me voy a volver a Polonia.
—Bueno el tema es así: te van a traer diamantes y vos tenes que llevarlos a España. Te van a dar mucha plata –le contestó su buena amiga.
—Pero eso es muy peligroso –le replicó Iwona.

Y lo fue. Aunque al principio se negó a hacerlo, luego no le quedó demasiada escapatoria. La contactó un grupo de hombres que la tenían controlada. Le decían hasta qué debía comer y no la dejaban comunicarse con su familia.  A los dos meses, le hicieron colocarse un bombachudo donde estaban las cápsulas. Un bombacha –grande- sobre su panza, donde además alojaba a su futuro bebé. Estaba embarazada.

— Somos unos animalitos para ellos. Esa mafia me había violado. Después,  cuando llegué a Ezeiza, me dijeron que mi pasaje estaba vencido. Me hicieron el control de rutina. Parecía todo arreglado, preparado porque otras personas que estaban más cargadas que yo pasaron. Me llevaron al hospital porque dijo que estaba embaraza y terminé presa en el penal de Ezeiza -relata, según lo que acuerda, desde la sede de la ONG Yo no fui, que ayuda a personas ex detenidas a reinsertarse en el mercado laboral, donde participa de un taller de encuadernación . Ahora ya está en libertad.

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Se las llama mulas, envases, valijeras, vagineras, correos humanos de drogas, camellos o capsuleros. Se las contrata para transportar entre 80 o 100 tizas - que conforman entre uno y dos kilos- que es lo que puede cargar un cuerpo humano. Muchas de estas mujeres llevan las capsulas de cocaína en el estómago, vagina o ano. Una práctica que puede convertirse en fatal si no logran expulsarla del organismo en menos de 48 horas. Otras las portan en el equipaje, dentro de la ropa, zapatillas doble fondo o pegadas en el cuerpo. Con el fin de obtener una cierta cantidad de dinero, una vez que entreguen la droga en el destino pactado.

Como la situación de Flora e Iwona, más del 70% de las mujeres detenidas en el Sistema Penitenciario Federal argentino poseen causas por delitos de drogas. 346 son extranjeras, cada una tiene su historia, pero con varios puntos en común: el 90% está encarcelado por tráfico de sustancias, muchas fueron engañadas por seres queridos, y la desesperación económica fue la que las llevó a cometer esta clase de actos.

La pena mínima para esta clase de delitos es de 4 años y 6 meses. A la mitad de la condena, por la ley de migraciones, los extranjeros pueden optar por ser expulsados a su país. Lo que significa que una vez que se obtienen los trámites de la embajada correspondiente y Ministerio del Interior pueden regresar en un vuelo gratuito a su país de origen en libertad. Pero no tienen permitido volver a ingresar por ocho años.

Las rutas comunes que utilizan las personas para traficar drogas en su cuerpo o equipaje son por vía aérea en el aeropuerto de Ezeiza y en el paso terrestre en el norte de Argentina. Aunque esta diferencia, según los especialistas, en algunos casos es muy amplia. Lidia Gilgun es directora del Departamento de Adicciones de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, nunca fue mula, pero sabe del tema y opina:

—Por un lado, están las mujeres que no hablan castellano y llegaron al país por aéreo, pero son un porcentaje reducido, no llegan ni a un 15%; y el otro 95% son las mujeres paraguayas, bolivianas y peruanas que vienen por tierra.

En las provincias norteñas de Salta y Jujuy suelen detener gran cantidad de personas que provienen, en general, de Bolivia, Paraguay, Brasil o Perú. Además de los controles en frontera, Alberto Oscar Aragone, defensor público oficial ante el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Jujuy, aclaró que en la ruta 34 -que une Salvador Masa en Jujuy y cruza Salta para llegar a Buenos Aires- suele haber operativos de gendarmería en distintos puntos, que detienen automóviles y micros. Además explicó que los cargamentos verdaderamente importantes entran por aviones.

Según la investigación sistemas sobrecargados de la ONG Intercambios, organismo especializado en adicciones, “un número cada vez más grande de mujeres, quienes a menudo son el único sustento para sus familias, entra al negocio de la droga para poder poner comida en la mesa de sus hijos”. 

—Las redes son como pulpos que salen a buscar a sus presas. Una vez que entran en el círculo íntimo, prosigue la etapa de manipulación: le ofrecen dinero por realizar el traslado, pero nadie debe enterarse de su acuerdo. Entran en tal complicidad que ese silencio se convierte en su trampa porque lo mejor es que lo cuenten a un ser querido. Así tienen la posibilidad de que la hagan salir y la ayuden.

Esas palabras pertenecen a Doris Quispe, quien nació en Lima, tiene 40 años y pasó casi cinco años de su vida tras las rejas en la unidad 3 de Ezeiza, Argentina. Una noche de febrero de 2003 la llevaron detenida como co autora de un hecho relacionado con el comercio de estupefacientes. Ella dice que fue una injusticia. Ahora se está reviendo su causa ya que explica que se comprobó que las pruebas presentadas eran falsas. Pero lo que más le dolió fue que el engaño proviniera de quien por ese entonces era su marido.

De todas maneras, durante todo ese tiempo, no se cruzó de brazos. Comenzó a convertir su bronca en lucha: estudió sociología y fundó la ONG Rompiendo Muros, que se dedica a defender los derechos de las personas extranjeras que están privadas de su libertad. Hace tres años que estudia derecho en la Universidad de Buenos Aire y poyecta pedir una revisión de causa “por el daño que pagó”. Se convirtió en una especialista del tema y tiene una mirada muy particular:

—No sabes si las contratan para que queden detenidas. Es como si ya fueran entregadas, para que pasen otros y distraigan los controles. Por un barco o avión salen toneladas de drogas. Las mulas son una pantalla que le sirve a la policía decir que combaten el narcotráfico.

A partir de esta situación, Ariel Cejas, director general de protección de derechos humanos de la Procuración General de la Nación, acotó:

—En estos procedimientos sufre el último eslabón y nunca se atrapa al pez gordo. Lo que cargan normalmente es muy escaso a lo que hace al contrabando.

Un ex empleado aeroportuario de Ezeiza que no quiso hacer público su verdadero nombre justificó estas sospechas:

— Lamentablemente, cuando se descubre algo no es por casualidad. Se maneja información de antemano que permite identificar fácilmente a ciertas personas.

Gilgun explica que como la mayoría de las que cometen delitos son personas que residen en el exterior, casi no tienen visitas y sus hijos quedan en su país de origen, solos. Además, muchas no pueden tener salidas transitorias, ni preventiva en sus casas porque no poseen domicilio en Argentina. Le cuesta también conseguir trabajo en la cárcel y obtener el peculio, dinero con el que se mantienen y muchas veces le envían a su familia, por los trámites que deben hacer: que les envíen el CUIT desde su nación y el alta del Ministerio de Trabajo. Otro dato no menor, que ella aporta, es la escasa o nula reincidencia de esta clase de detenidas, que además se destacan por su conducta. Desde diversos organismos, se plantea la necesidad de asegurar una proporcionalidad en la pena según el delito.
Doris está sentada en una mesa de una de las esquinas del comedor de la facultad de Derecho de la UBA. Mientras tanto, estudiantes –muy pocos conocen su verdadera historia en ese ámbito- pasan con sus bandejas y apuntes cerca de la mesa donde ella está hablando. Por eso, por momentos al hablar, baja el tono de su voz:

— Te ilusionan, te pensás que es como en las películas, que los narcos viven en mansiones, tienen muchos anillos de oro y que vas a ganar mucha plata. Pero la realidad es que nunca llegás a conocerlos y que simplemente te rompen la vida.


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