lunes, 12 de mayo de 2014



Un joven alto, el rostro intranquilo, mejillas abultadas color de arcilla repite “Díaz, Díaz, Díaz…”. Está contra una pared y hace varios minutos que dos hombres le están preguntando cómo se llama su madre, cómo se llama su padre, cómo se llaman sus hermanos.
El adolescente de tierra fina está confundido. No entiende, no habla castellano. Les responde en su lengua, el qom. Pero los hombres del registro civil del departamento de Laguna Blanca, provincia de Formosa, Argentina, sólo hablan español.
El nombre que escuchan -Egayie- no les gusta, es difícil de escribir. Le piden otro y él responde "Díaz". Toman nota, mientras él continúa quieto. Le van a dar un documento que avale su identidad. Lo miran con detenimiento, calculan su edad: 16 años.

Fecha de nacimiento: 28 de diciembre de 1959, anotan.

Ahora necesita un nombre y Félix les suena bien.


Félix Díaz, escriben.  

***

El resto de la historia está publicada en el libro "Otra Argentina", una compilación de crónicas que representan un mapa de situación del país actual.

El libro está disponible en todas las librerías del país:


Les comparto además un video de la presentación de la historia en la Feria del Libro de mayo de 2014.




read more "El hombre de la tierra"

lunes, 24 de marzo de 2014



  
Una de las principales estaciones de tren que conduce al aeropuerto Charles de Gaulle de París.

Bloques grises de cemento -que entre medio tienen tiras de hierro para calzar vagones- acogen gente que espera. Son pasajeros con sus valijas y ojos que aguardan. Algunos miran a lo lejos, al final del túnel, como queriendo matar la estancia.     

El techo por arriba de sus cabezas es el piso de otros. De los que caminan y se sientan en los bancos de la plaza Chatelet-Les-Halles, de los que entran y salen de la Iglesia San Eustaquio, de los que piden monedas y hasta de los roedores que por las noches esperan para comer la basura de las bolsas. Alrededor de la plaza, las calles son empedradas, los toldos de los bares, rojos y las sillas en vez de estar enfrentadas, miran y admiran la ciudad. Algunos clientes se sientan a tomar un café y no pierden de vista a la gente pasar.

Una joven va apurada con su valija, seguramente desde el bar alguien observa su rápido caminar. Toma la escalera mecánica para meterse en la tierra. Inmediatamente se convierte en una más y espera. El tren llega a la estación y el sol está dulce. Una vez que el monstruo de metal sale hacia la superficie, los suaves rayos rozan su mejilla que da contra la ventanilla. Cierra los ojos y escucha el ruido que hacen los remos contra el agua en el gran canal de Versalles a 30 kilómetros de allí. Vuelve a ver a ese niño en silla de ruedas tocar "el himno de la alegría" en su pequeño teclado eléctrico con su abuela orgullosa al lado. Vuelve a ver la inmensidad color verde, a su novio recostado a su lado y a respirar aires de plenitud. Piensa que en unos minutos cuando ya no esté aquí, le gustaría escribir algo sobre sus días en París. No sabe si acompañarlos con algo de historia (en París hubo reyes hasta 1972 y uno en particular, Luis XIV agotado de la vida agitada del centro de París, decidió mudarse a la ciudad de Versalles y  construir un gran palacio con inmensos jardines al estilo francés, hoy abiertos al público y que años antes, en 1919, fueron el escenario de la paz: allí se firmó el tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial) o tal vez no. Mejor sólo contar sus vivencias. Aunque de una u otra manera, de lo que está segura es que quiere escribir sobre sus días allí para no olvidarlos jamás.

De repente, a tan sólo tres estaciones del aeropuerto, un mal pensamiento atraviesa los bellos recuerdos. Un sudor frío le corre por la espalda y el escalofrío se le escurre en el resto del cuerpo. Sus días de ensueño -en los que toca el piano con el niño, mira por horas la Torre Eiffel, compra comida en los mercados, juega a vivir en una buhardilla, a ir a una fiesta de artistas, a esperar a su amado en el lugar más romántico del mundo- parecen haber quedado atrás. Esa misma ciudad que la había dejado pasear por sus calles, poner un candado en sus puentes, quedarse atónita frente a la esfinge de metal ahora la convierte en una prisionera. Lo único que necesita para salir de allí y seguir con su viaje es lo que ha olvidado. Lo único indispensable que necesitaba llevar es lo que no está en su valija: el pasaporte.  

El sudor pronto se transforma en angustia. Para tratar de no entrar en pánico, la joven piensa. Podría haber recordado un ensayo sobre la Torre Eiffel del filósofo francés Roland Barthes que dice algo así como que la torre es amistosa e inútil y eso es lo que la hace mágica. Ella sabe que la Torre (con mayúsculas) no fue construida con un sentido histórico, ni artístico y sin embargo tanto tiempo soñó con conocerla. Al verla por primera vez sintió la satisfacción de que algo soñado podía ser real. Algo que -podría llegar a suponer- no le pasa sólo a ella, sino también a los más de seis millones de turistas que van cada año, convirtiéndola así en el monumento más visitado en todo el mundo.

Sin embargo, piensa en el pasaporte olvidado en la valija de su novio que hace tres horas partió en tren a Alemania. Se pregunta cómo pudo haber sido tan necia y despistada por no usar palabras más fuertes. Podría haberse puesto a pensar en su primera impresión al llegar a la ciudad: se asemejaba a una especie de obra de arte viviente con una belleza tan surrealista que rozaba lo artificial. Una idea que con el paso de los minutos al caminar sus calles se fue diluyendo como los canales del río Sena. París te absorbe y ya no te deja pensar. París inspira: muchos le sacan fotos, otros hacen películas y algunos hasta escriben libros. Cada uno busca la manera de volverla eterna.

"Así habían empezado a andar por un París fabuloso, dejándose llevar por los signos de la noche, acatando itinerarios nacidos de una frase de clochard, de una bohardilla iluminada en el fondo de una calle negra, deteniéndose en las placitas confidenciales para besarse en los bancos o mirar las rayuelas, los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el Cielo". (Rayuela, Julio Cortázar, 1963)

"París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba". (Ernest Hemingway -1964)

"A veces me pregunto si alguien podría crear una pintura, una sinfonía o una escultura capaz de rivalizar con esta ciudad. No se puede. Porque cada vuelta, cada calle, boulevard posee una forma de arte particular". (Medianoche en París, Woody Allen, 2011)

En el tren una joven francesa la ve sufrir. Le pregunta por qué llora. Ella le explica que debía encontrarse con su novio en Alemania, que no tiene manera de comunicarse con él y que ahora perderá su vuelo; que no sabe qué hacer. La francesa la tranquiliza, le dice que no se haga problema que dentro de la Unión Europea no es necesario el pasaporte para ir de un país a otro. La explicación tiene sentido y logra calmarla. A esta altura, el tren llega al aeropuerto. Allí ella imprime el billete de avión en una máquina expendedora y nadie le pide el pasaporte. Logra subirse a su avión que va dejando París a lo lejos. La joven aprovecha el vuelo para escribir: escribe sobre los momentos de angustia.

Al reencontrarse con su novio termina riéndose de lo sucedido. A la distancia, por celular,  le cuenta a sus amigas sobre el olvido. Una de ellas le dice que no se culpe, que no sea tan dura, que esas cosas pasan.


Pasan cuando uno se enamora... de una gran ciudad...
read more "Por siempre París"

sábado, 8 de febrero de 2014


Al otro lado de la ventana llovizna. Unas nubes oscuras cubren el cielo. Una señora intenta cruzar la calle sin meter por completo su pie izquierdo en el agua. Lleva botas azules para la ocasión.

Adentro, la semi oscuridad. Hay un tono grisáceo que cubre la habitación. Hace horas que amaneció y sin embargo la luminosidad no es la de siempre. Cortaron la luz hace rato. La pava eléctrica definitivamente no fue la mejor compra, especialmente en estas ocasiones -reflexiona el  joven- mientras busca los fósforos y prende una hornalla. Peor deben estar aquellos que dejaron todo en las manos de la electricidad: ventanas, cocina, portón, se dice al calentar el agua para el mate en un jarro. Aunque mucho, mucho peor deben estar los enfermos con máquinas eléctricas que los mantienen a salvo.

Busca unas velas en el último cajón de la alacena. Siente temor de ir al baño a oscuras. La falta de luz te obliga a cambiar la tele por un libro o la computadora por la lapicera, como se vivía años atrás. Esa vida blanco y negro sin aire, ni computadora, ni pava, ni portón. En cambio -piensa- ahora somos HD: una sociedad comunicada minuto a minuto, informada por frases cortas y con miles de fotos sobre nuestra vidas y las de otros. ¿Sin electricidad no somos nada?, le retumba la pregunta en su cabeza. 


Al otro lado de la ventana continúa la lluvia. El joven se da cuenta que puede correr las cortinas de par en par. La habitación se ilumina. Abre uno de los postigones y asoma la cabeza. Algunas gotas le humedecen el rostro: siente felicidad. Podría anotar estos pensamientos en un papel para recordarlos cada tanto, reflexiona. De golpe, algo interrumpe el silencio: suena un "viiiip" que debe pertenecer a alguno de sus artefactos eléctricos. Ya basta de pensar -pensó- volvió la electricidad. 
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viernes, 31 de enero de 2014



-Chicos consigan para el cuatrimestre que viene una entrevista con un escritor.

La consigna fue clara y mi meta también: quería conseguir una entrevista con Tomás Eloy Martínez. Tenía 20 años y muy poca idea de si era difícil llegar a él. Le planteé mi propuesta a la profesora y ella me miró con cara de “qué ilusa”, pero no dijo nada y sólo asentó.

Como había tiempo, empecé a rastrear a Tomás. Me enteré que vivía seis meses en Buenos Aires y otros seis en Nueva Jersey. También me enteré que iba a dar una entrevista abierta en la Casa de la Cultura a cargo de Silvia Hopenhayn, una periodista cultural a quién tenía de cara por sus programas en Canal A. Le pedí a una amiga que me acompañe, que no me animaba a ir sola: era mi oportunidad para tener un primer contacto con él.

Esa noche del 18 de septiembre de 2007 fuimos las dos a la charla. Cuando terminó, él se quedó hablando con el público y yo, temblando, me acerqué. Le dije que era estudiante y que me gustaría hacerle una entrevista. El me dijo que sí, que no había problema, que me contactara con su secretaria Marina por mail, que él debía viajar en unos días, entonces la entrevista tendría que ser pronto.

Cuando llegué a mi casa, le escribí un mail (que ahora releo y me avergüenzo de mi misma)

Tomás:

A partir de lo charlado hoy a la tarde, quería programar la entrevista. Te recuerdo que yo soy la chica que habló con vos en la charla que diste para Casa de Letras. Con respecto al horario y el lugar, estoy a tu disposición ya que me imagino que debés tener la agenda repleta.

Espero tu respuesta,

¡Muchas gracias!

Agustina

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Hola Agustina
Quien te escribe es Marina Slaimen, asistente de Tomas Eloy Martínez.  El podrá estar disponible por media hora para la primera semana de octubre. Espero que sirva . Si es así luego combinamos hora, día exacto y lugar.
Saludos cordiales
Marina


Esa respuesta llegó a las pocas horas. Claro que acepté. Tuve dos semanas para leer y releer sus libros. Hasta que el día llegó: fue el 3 de octubre de 2007 en el Establecimiento General de Café, en el centro de Buenos Aires. Me senté en una mesa que había en un patio interno. El aún no había llegado. A los pocos minutos, se acercó y comenzamos a charlar. Le pregunté sobre Santa Evita, La pasión según Trelew, La novela de Perón y El vuelo de la reina. Mi grabador a cassette estaba sobre la mesa. No sé por qué no llevé cámara de fotos. Después de hablar de sus libros, por recomendación suya, nos fuimos a una mesa ubicada en el interior del bar para que haya "menos ruido ambiente".


A partir de aquel momento todo se hizo más ameno: conversamos de política, de su vida en Estados Unidos, de un problema que yo tenía en la facultad porque no me querían publicar una nota en una revista universitaria y sobre lo difícil que era para los jóvenes periodistas ingresar en los grandes medios. Recuerdo que me dijo varias veces que el único patrimonio que tenemos los periodistas es nuestro nombre y que hay que proteger nuestro único capital. Prometió recomendarme en algunos diarios y lo cumplió, una promesa que un grande le hizo a una joven don nadie.

Le pedí si podía firmarme la edición que llevaba conmigo de "El vuelo de la reina". Una edición usada que había comprado hacía pocos días y que no sé cómo me animé a sacarla de mi bolso. Se acercó al mostrador del bar y pidió una lapicera negra porque era su cábala firmar con tinta negra.

“Para Agustina, que vuela”.
Su amigo, Tomás Eloy Martínez.

Cuando salimos del Café, en el cual estuvimos más de la media hora pactada, cruzamos la calle y él me dijo que tenía libros para regalarme. Fuimos a su estudio, que estaba enfrente, y recuerdo que no se veían las paredes porque todas estaban repletas de libros. Me regaló una nueva edición de "El vuelo de la reina", entre otros, que también firmó.

Cuando salí de allí, estaba tan feliz que salí corriendo a buscar un locutorio y contarle todo a mi amiga. Confirmé que eso era lo que yo quería: ser periodista, trabajar en un diario, recibirme y tratar de mejorar el mundo.


Ya siete años pasaron de esa tarde y hoy se cumplen cuatro de la muerte de Tomás, pero cada vez que paso por una librería, hago un pequeño juego conmigo misma. Sin buscarlo, trato de encontrar "El vuelo de la reina". Si llego a verlo, me río por dentro y todo el encuentro vuelve a mi mente.   

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domingo, 10 de noviembre de 2013



Esta vez las palabras escritas cambian de forma. Les presento la historia de Menganno, un hombre del sur de la provincia de Buenos Aires que un día decidió hacerse un traje para "luchar contra la inseguridad". Aquí la crónica en formato de audio de un superhéroe de la vida real por Radio Ambulante:

http://radioambulante.org/audio/2013/11/el-superheroe/

Y les dejo las páginas del primer capítulo del cómic periodístico "Menganno", que salió publicado en marzo de 2013 en la revista peruana Cometa. El resto del cómic está en producción.









Y por último, la entrevista sobre la crónica "El Superhéroe" que me hicieron en el programa "Días como Estos" en Radio Metro

http://radioambulante.org/en/audio-en/2013/11/the-superhero/
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martes, 29 de octubre de 2013


Una ventana de rejas color manteca con un cartel: “Clases de piano”.
Solía ver esa ventana y leer ese cartel, casi todos los días, porque vivía a tres cuadras de aquel chalet. Hasta que una tarde, mientras iba caminando con Simona, me decidí a golpear la puerta. Lejos de hacerme un escándalo por ir con mi canina, nos hizo pasar a su comedor: allí estaban dos de sus pianos de cola –el cartel no mentía- en medio de la sala, enfrentados. Uno tenía dueño. Lo estaba tocando un alumno de ella con delicadez y concentración.
Ella es Mabel, la profesora: una mujer de más de 70 años, con rulos electrizados y una energía contagiosa. Con un tono amable, me ofreció un café. Yo, por cortesía, lo acepté (no suelo tomar ese líquido negro). Me contó que la primera clase era de prueba, que ella ya se daba cuenta por mirar a la persona si iba a ser talentosa con el instrumento y que tocar el piano era como tocar el mundo. Yo me di cuenta que tocar el piano, en realidad, era su mundo. O tal vez, eso me daría cuenta después.
A la semana siguiente, en el horario pautado, volví. Ella no me dio ninguna partitura, me dijo que la música se siente, que no debo encerrarme en ninguna corchea. Entonces ella se sentaba al piano y movía sus dedos como si no fueran dedos. “El sonido te envuelve”, me decía. Y me hacía observar sus movimientos para copiarlos luego. Cuando fue mi turno, me di cuenta que era imposible hacer lo que ella hacía. Ella volaba y yo apenas aleteaba. Pero me animaba de tal manera que me hacía sentir la mejor pianista sobre la faz de la tierra.
Pasaron varios miércoles por la tarde de seis a siete. Hasta que unos meses después, fui a su ventana con una decisión. Ella me abrió la puerta.  Le dije que hoy no quería tocar el piano, que quería hablar. Ella me preparó un café que me sirvió en una pequeña vasija de barro y me preguntó qué me pasaba. Le dije que quería entregarme al piano, pero que no me daba el tiempo, que iba a dejar las clases.
Ella me dijo que eso no era una excusa, que podía ver pentagramas en los cables de las calles, que cuando saltara una baldosa pensara en las notas y que imaginara los ritmos en mi mente. Pero yo le dije que no sabía si iba a poder hacer eso. Entonces ella se quedó en silencio. Luego me pidió que apoyara las manos en la mesa, en posición como para tocar el piano.
En voz alta, empezó:
Do, Mi, Sol, La, Re.
Y mis manos, poco a poco, comenzaron a moverse solas. Cada dedo reaccionaba con la nota que le correspondía. No miento: una fuerza sobre natural los prestidigitaba.
¿Ves?, me increpó ella: Eso es memoria muscular. No necesitás tener un piano en tu casa.
Y era cierto. Finalmente, terminé varios años yendo a sus clases. Después el tiempo  y las ocupaciones me alejaron meses de su ventana.
Pero hoy algo me hizo volver. Quería saludarla. Sabía que había estado con problemas de salud. Toqué la puerta y no fue ella quien me abrió. Fue una chica, a quien le expliqué que venía a ver a Mabel y me dejó pasar. Cuando entré, el comedor estaba vacío, con sus pianos de cola en silencio.  Mabel se encontraba en su habitación. Me acerqué hasta la puerta y me miró. Traté de disimular la sorpresa que me generó verla con un andador. Sus manos le temblaban y tenía menos pelo. Nos abrazamos y me dijo que vayamos para la sala. Estuvimos sentadas a la mesa, hablamos poco, nos tomamos de las manos y lloramos. Varías veces me dijo qué lindo que hayas venido. Nunca supe si realmente me había reconocido. Creo que tuvo sus momentos. La mujer que la cuida me dijo que había días mejores y peores.
Al rato, me fui y dejé la ventana atrás. Mientras caminaba, una idea no paraba de darme
vueltas en la cabeza: quiero recordarla para siempre como la gran maestra y amiga que me hizo tocar un piano mágico en una mesa de madera.  
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domingo, 8 de septiembre de 2013


Gatos blancos, negros y atigrados rondan los pabellones del hospital Enrique Tornú de Buenos Aires. Con un andar majestuoso, recorren las calles arboladas que unen las edificaciones de estilo romántico que conforman todo el nosocomio. Son las ocho de la noche de un miércoles. Hoy, además de felinos, hay celosos y celados. El lugar es la única sede en el país donde se dicta un taller dedicado exclusivamente a aprender a tratar situaciones de celos en la vida cotidiana.

Una mujer, que llamaremos Lola, tiene el rostro serio. Las arrugas en su cara parecen multiplicarse por su expresión de preocupada.  Debe tener unos 50 años. Su pelo rubio lacio apenas le roza los hombros. Es delgada y está esperando en la puerta del aula para entrar. Nunca antes había pisado este lugar. Se enteró del taller al verlo en un noticiero, hace un par de años atrás. Pero decidió venir hoy. Explica que lo hizo porque todos le dicen que es celosa. Y lo soy. Dice ella. Lo soy, lo soy. Se repite como si se estuviera en un confesionario.

—Es que a mí cuando se me mete algo en la cabeza es como una espina que no me puedo sacar. Y te pincha -dice, mientras hace un gesto con su mano derecha como si le estaría clavando algo a alguien- Te pincha, hasta que no sabes qué hacer.

Hace más de treinta años que está casada. Dice que una vez le encontró “algo sospechoso” a su marido -no aclara qué, pero se sobreentiende- Desde esa vez, repite, nada volvió a ser lo mismo.

—Adelante.

El profesor Luis Buero la hace pasar a una sala que hace de aula.

—No te conozco. ¿Es tu primera vez acá? –le pregunta a la nueva alumna.

Ella contesta que sí. Él le indica que debe llenar los datos en una planilla: nombre, apellido, DNI y un mail de contacto. Ella se niega, dice que no lo hará hasta el próximo encuentro. El la respeta. Al mismo tiempo, los alumnos ingresan al salón. Una joven de 25 años, un hombre de 50 y otra dama de treinta y tantos. Con Lola, ya son cuatro. Se van acomodando en los distintos pupitres que el profesor posicionó en forma de semicírculo.

Luis Buero es periodista, guionista, psicólogo social y autor del libro «Los celos en los vínculos cotidianos», que escribió luego de dedicar seis años de su vida a dar esta clase de talleres. Usa anteojos, es delgado y tiene una frente ancha que su falta de cabello deja al descubierto. Le reparte una hoja a cada participante y les explica la consigna: todos deben imaginarse que son el Dalai Lama. Es decir, un maestro espiritual que todo lo sabe y que desde ese lugar contestan las preguntas que están en el papel.

—Disculpe mi ignorancia-lo interrumpe Lola. Pero no entiendo.

El profesor le vuelve a explicar que conteste las preguntas como si fuera una persona muy sabia. Ella se ríe a modo de aprobación y empieza a escribir.

—Ahora, uno por uno, lea en voz alta lo que escribió.

Lola lee la consigna: «Maestro, tengo la suerte de estar frente a usted por unos segundos y quisiera preguntarle, ¿Cómo puedo hacer para conocerme a mí mismo?» No se -responde ella. « ¿Por qué siento celos con facilidad?» No se -escribió ella.

El profesor trata de que su cara no transmita sorpresa, pero se nota que está sorprendido. Parece que Lola no comprendió la consigna, pero no le dice nada. Ella sigue.

— « ¿Está bien que el amor que me tengo dependa exclusivamente de lo que me quiera el otro?» No. « ¿Qué es la libertad interior? Ser libre con uno mismo, responde y pregunta  «¿Qué es la vida?» Ser feliz, y por momentos estar triste.

Mientras Lola lee, entran dos alumnos más: un hombre de 33 años y otra chica con rulos que parece igualarlo en edad. Se sientan y continúan escuchando a sus compañeros. Luego el profesor toma la palabra.

—En toda buena relación debe haber dos factores: la ternura y la sexualidad. Cuando se unen, en general, es cuando surgen las parejas formales. Ahora la pregunta es ¿cuáles son las razones de la infidelidad?

Francesca es una solitaria ama de casa. Está casada y vive, junto su pareja e hijos en Estados Unidos. Mientras ellos fueron a pasar unos días a las afueras, alejados de su hogar, ella conoce a alguien muy especial: un fotógrafo. Este hombre es enviado por un famoso canal de televisión para realizar una serie de fotos sobre puentes: los puentes de Madison.

—La famosa escena de esta película, cuando ambos están debajo de la lluvia y ella debe decidir qué vida elige -la de quedarse con su familia o lanzarse a la aventura con el fotógrafo- es una de las diversas razones de la infidelidad: romper las estructuras- explica Luis, mientras se acomoda los anteojos. En el caso de Francesca, ella estaba feliz con su marido, era una relación equilibrada. Pero algo le faltaba: tal vez se sentía poco mujer.

Una de las alumnas treintañeras, sin que nadie le pregunte nada, comienza a hablar. Ella dice que al poco tiempo de ser madre le fue infiel a su marido. Fue una sola vez. Como un recreo. Pero explica que ese recreo se alargó más de lo pensado. Fue un entretiempo en el cual pasaron varios jugadores. Hasta que se divorció y ahora está en pareja con uno de esos amantes. Le es fiel, pero duda de él. Está tan celosa que no puede controlarlo. Le revisa mails, celular y todo espacio de intimidad que se le cruce en el camino. El novio dice que desde que va a este taller -tres sesiones- ella está más calmada.

—Mi pareja reconoce mi progreso. Estoy más tranquila. Eso es bueno -aclara.

El profesor le agradece su intervención y continúa con la enumeración de razones: sentirse devaluado. Monotonía. Amenaza a la libertad. Alarde de poder. Vida sexual deficiente. Buscar nuevas sensaciones. Idealizar a un amante. Si la pareja lo permite.

—Pero, si el otro lo permite, no es infidelidad - lo interrumpe uno de sus alumnos. El de 33 años.

—Es una infidelidad permitida, pero infidelidad al fin -le replica el maestro y le pregunta a una de sus alumnas más jóvenes, que ronda los 25 años, que cuente cómo las generaciones actuales se toman el tema de la infidelidad.

—La infidelidad sigue siendo un tema que preocupa a las parejas -le dice la estudiante- Sin embargo, yo noto que hay más libertades que en generaciones pasadas. Cada uno puede salir por separado con sus amigos e ir a bailar y está todo bien.

El profesor dice que tiene el caso de una joven que sale con un hombre quince años más grande que ella y que muchas de estas diferencias, el hombre no las soporta. Cita a Sigmund Freud, a Jorge Luis Borges, describe escenas de películas de Charles Chaplin. Se nota que es un hombre culto y que le gusta encontrar ejemplos de celos en distintos formatos. Cuenta también la experiencia de otra alumna que está en pareja hace años con un hombre que le da seguridad emocional y que, sin embargo, todo el tiempo piensa en otro; en su ex: un hombre casado que nunca se animó a dejar a la mujer. Ella sabe que lo idealiza, pero no puede sacárselo de la cabeza, ¿Eso es ser infiel? ¿Pensar en otro y no llegar a lo físico es infidelidad?

Pregunta y nadie contesta. Lola tampoco, está callada.

El mismo alumno que interrumpió la vez pasada vuelve a hacerlo. Pero esta vez levanta la mano y dice:

—Profesor quiero agregar otra razón de infidelidad: la venganza.

— ¿A qué te referís con venganza? -le replica el maestro.

—A que tu mujer te mete los cuernos y te da tanta bronca que vos le haces lo mismo, por despecho -contesta el joven.

— ¿Pero ella nunca se enteraría?

—No.

Entonces el profesor le pregunta a toda la clase si ese caso es infidelidad. Una vez más, nadie contesta. El maestro sigue. Recuerdo que en otra sesión ella -y señala a una de las alumnas de 30 años- dijo que la angustia llegar a ser víctima de una infidelidad sin nunca enterarse.

—Y si. Si te enteras que te fueron infiel en tus narices, te sentís mal. Te preguntás, ¿cómo no me di cuenta?

—Supongamos que un día llegamos al trabajo y nos despiden, sin previo aviso ni nada. Chau. De un día para el otro, nos tenemos que ir. ¿Vos pensás que somos boludos? No, no somos adivinos. Menos que menos podemos controlar los deseos de los demás -dice el profesor.

—Bueno, pero tal vez nos podríamos haber dado cuenta que algo pasaba -le contesta la alumna.

-Si, pero tal vez no. Quién dice. No siempre uno tiene que echarse las culpas. Al fin y al cabo ¿qué es la infidelidad? Lacan decía que nosotros somos los protagonistas de nuestra propia obra de teatro y que lo que cambian son los actores, pero los personajes son siempre los mismos. Puede ser que cambies de novio y siempre le seas infiel. Pero tal vez no sea a ese novio al que le metes los cuernos.

— ¿Qué quiere decir profesor? le pregunta Lola.

—Lo que les pregunto es ¿realmente importa el otro o lo hacemos por nosotros mismos? Si el otro no se entera, ¿es infidelidad? Tal vez la infidelidad no sea con el otro, sino con uno mismo. Pero no importa, esa respuesta la dejamos para otro día.

Los participantes toman su cartera, bolso, cuaderno y se comienzan a ir. Algunos dicen que saben que ir a un taller de celos no es algo cool. Pero intercambian, en un encuentro semanal, sus experiencias y opiniones. Dicen que les hace bien. Lola no habla. Saluda y se va sola. Antes de bajar la escalera, corre con el pie un felino que le impide avanzar. No sabe todavía si la semana que viene va a volver. Tal vez lo haga. Tal vez no. Pero por lo menos en esta hora se dio cuenta de algo: ella no es la única en el mundo con una espina clavada.



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miércoles, 21 de agosto de 2013



Esto no es Buenos Aires, ni su centro. No hay obelisco, ni avenidas, ni subtes, ni negocios de comidas rápidas; tampoco hay cinco millones de personas yendo y viniendo de sus trabajos. Esto es la provincia de Santa Fe. Una ruta a 70 kilómetros de su ciudad capital. El pavimento es gris y tiene una línea amarilla divisoria. A los costados hay campo: pastos hasta el horizonte. La ruta llega a su fin –como la civilización- y el asfalto ahora es polvo. Luego de diez minutos de ripio, hay un cruce de vías, muerto. Cuando uno menos lo espera, llegó. Llegamos. Esto es Berreta: un pueblo fantasma donde conviven doce personas y una cancha de fútbol.

***

En el suelo del comedor de la casa de Dante Gasparini era habitual que haya pelos. Mechones rubios, morochos, lacios o con rulos, daba igual. Al haber sido el peluquero del pueblo, la mayoría de las cabezas de los vecinos habían pasado por sus manos. Mientras Dante cortaba las puntas, los días en Berreta eran agitados -o no- eran días en un pueblo de campo. Al pasar el tren por la estación, una señora llevaba una carta al correo, otra iba a denunciar el robo de un ternero a la comisaría y un peón le entregaba parte de su cosecha a la Cooperativa de Granos de Berreta. Según cuenta la nuera de Dante, Liliana Gasparini, desde el comedor de su casa, el pueblo llegó a tener 500 pobladores en sus épocas doradas.


***

El sol pega como un látigo violento. Caminar por las calles de Berreta –todas de tierra- se parece a formar parte de una película ambientada en el lejano oeste. Sólo falta que el viento haga rodar un cardo. Los vecinos no están en la vereda, tampoco hay vereda. Todo es pasto. Más tarde sabré que si bien los pobladores se conocen entre sí, pueden pasar días sin verse o saludarse. Son cuatro familias que no están emparentadas: dos parejas mayores, una mujer que vive sola y un matrimonio con cuatro hijos y un abuelo. Las casas no están una pegada a la otra. Hay hasta tres cuadras de distancia. La vegetación es muy tupida y eso impide ver a largas distancias. Sobre lo que sería la calle principal – también es de tierra y la vegetación la invade- en pie hay restos de construcciones. Una de ellas, a principios de los años 20, funcionó como una estación de trenes, donde hoy quedan los cimientos, las ventanas rotas, restos de ropa y de comida como si alguien hubiera vivido allí, además de las ratas. Frente a ella hay una edificación amarilla de cemento que perteneció al correo y otra a la comisaría. Ambas estás deshabitadas y exhiben una gruesa costra de polvo. Todo es silencio, salvo por el canto de los pájaros. Aunque hace 29 años que todos los sábados, por unos minutos, el pueblo cambia.

***

A trescientos metros, cruzando las vías, hay un casco de estancia. Una casa exultante y arcaica de color rosa viejo. Dentro, vive una pareja que ronda los 60 años, pero parecen más jóvenes. Hace diez años que Daniel Bertoluci y su mujer Claudia Adorante pasan los días en esta casona con muebles de campo. Cansados de la vida de la ciudad, decidieron mudarse a Berreta, el pueblo de pocos pobladores y una cancha de fútbol.

— Este lugar yo no lo conocía. Vine y me gustó. Compré el campo y la estancia –dice Daniel en la cocina de su casa, mientras de fondo se escucha el canto de los pájaros. Es ingeniero agrónomo, tiene 66 años y una camioneta 4x4. Su barba es corta –al igual que su pelo- y tiene un corte al estilo candado. El bronceado de su piel es de color chocolate. Se dedica al campo y a criar toros de exposición. Llegó a Berreta cuando había 60 personas.

—La ciudad para mí ya fue, no tengo ni computadora. En Rosario –la ciudad más importante de Santa Fe- no aguanto ni manejar –se justifica. Por eso vive acá, en este pueblo donde no hay ni un negocio para comprarse un agua mineral o un rollo de papel higiénico. Un pueblo donde no hay servicios: la basura se quema porque no hay recolección, la luz se carga a través de una tarjeta como si fuera un celular prepago, el agua es de pozo, no llega el cartero y ni pensar en el servicio de barrido y limpieza porque todas las calles son de tierra. Aunque cada sábado del año, todo eso parece quedar en el olvido.

— ¿Cómo son tus días acá?
— Me levanto temprano, preparo las gallinas y los patos. Les doy de comer. Hoy limpié mis zapatos, ordené la casa y me hice unos mates. A la tarde vamos al pueblo a comprar porque acá no hay nada o vamos al médico –responde Claudia mientras acaricia a su gato. Con “el pueblo” se refiere a Correa, el pequeño centro urbano más inmediato que si tiene centro comercial, asfalto y hospital. Queda a 15 minutos de Berreta por un camino de tierra que termina en la ruta nacional 9 que une Rosario con Córdoba.

***

Dante fue uno de los primeros alumnos del colegio. Cuando era niño –antes de que su casa fuera la peluquería del pueblo- caminaba tres kilómetros para ir a estudiar.

—Le encantaba ir. Jugaba a las bolitas. Cuando él estudiaba, llegó a haber 156 alumnos –cuenta Lili.


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En Berretta no hay hospitales, ni bomberos, ni bares, ni museos. Pero hay una escuela primaria. Está pegada a la casa de Daniel y Claudia. Es un edificio de dos pisos, de estilo inglés, del ancho de media cuadra. Un edificio recién pintado que no parece pertenecer a este pueblo fantasma. Es una edificación que da para que estudien 200 chicos, pero –en cambio- estudian menos. Estudian los que hay, los hijos de peones de los campos linderos y de la única familia que tiene niños en Berretta. Son siete. En total, la escuela tiene siete alumnos.

Es sábado y Claudia Petterini está baldeando el patio del colegio, mientras su marido Ricardo con un manojo de llaves en la mano trata de descifrar cuál es la que puede destrabar la puerta de uno de los baños. Desde marzo del 2012, Claudia es la directora de la escuela 248 de Berretta, pero es muchas otras cosas más. Se encarga de la limpieza, de dar clases, de preparar la merienda o el desayuno y de las cuestiones administrativas.

—Vinimos hoy sábado porque se nos trabó el candado de un baño. Él es mi ayudante, mi compañero leal y fiel. Si no estamos así presentes, no hay manos que aporten. Ahora tendríamos que cortar el pasto con el tractorcito, pero tengo gente a cenar, entonces tengo que volver temprano a casa–cuenta Claudia con el secador de piso en la mano.

Ella nació en Correa, pero ahora vive en Cañada de Gómez y todos los días maneja 30 kilómetros de ida y 30 de vuelta en su Ford Falcón rojo para ir a trabajar a la escuela.

Claudia llama a las familias, que vienen a estudiar acá, golondrinas. A principio de año eran nueve alumnos -cuatro en primaria y tres en preescolar- pero dos ya se fueron.

—Esto no sucede con los hijos de los propietarios. Hace años que emigraron a la ciudad y acá en el campo sólo quedan los hijos de los que trabajan sus tierras.

Aunque todos los sábados la ecuación se invierte: la población de Berretta se triplica.

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— ¿Por qué se llama Berreta el pueblo?
— El pueblo se conoce como Berreta porque el campo donde se hace la estación era de un tal Berreta Moreno con dos T, pero lo fundó María Luisa Correa –cuenta Daniel- Lo primero de todo fue la estación, la comisaría y el correo. Después vino María Luisa a vivir. Heredó muchos terrenos de su padre, Pedro Correa, en uno de ellos se hace la casa. El resto los dona para hacer una capilla y esta escuela en 1925. Le pone Felipe Timoteo Correa, en honor a su hermano. Ella, para mí, quería hacer una especie de lugar selecto porque Correa ya se había fundado antes, en 1875.

Ahora en lo que fue el casco de estancia de María Luisa vive Daniel. De una de las paredes cuelga un plano antiguo de Berretta. Allí hay dibujadas más de veinte manzanas que incluyen una plaza principal, un cementerio, una municipalidad, un juzgado de paz, una escuela, un correo y hasta un almacén de Ramos Generales. Hoy, de eso, se sabe que algunas ideas se concretaron y otras no. Hoy, de eso, no queda nada o mejor dicho, queda poco. Hoy, parte de eso, todos los sábados revive.


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En el patio del club sonaba un chamamé. Las mujeres con sus vestidos largos chasqueaban sus dedos. Los hombres enfrentados a ellas zapateaban al ritmo de la música. Dentro del salón la melodía resonaba. Entre las mesas pasaban niños, hombres y mujeres, todos vecinos de Berretta. Cuando la noche se adentraba, empezaba la timba. Si bien había policía y juzgado de paz, el juego clandestino no era de faltar.
Además de lo ilegal, había bochas, pista de baile, bar, carrera de caballos y hasta una cancha de fútbol, que como aún no había llegado la electricidad, la iluminaban con faroles a querosene. Así solían ser los días en el Sportivo Berretta, el club del pueblo, creado hace 85 años, en 1928, tres años después que la escuela. Tenía personería jurídica, estatuto, socios. Era ese lugar que estaba abierto para pasar las tardes, que entregaba carnets de afiliación y que tenía un equipo de fútbol propio. Dante era socio y jugador. Participaba de torneos rurales que se jugaban entre pueblos. Una historiadora del Archivo Histórico de Correa explicó en una nota publicada en el diario La Capital de Rosario que en 1937 sucedió algo que empezó a marcar el rumbo del pueblo. Se construyó la ruta nacional 9, esa que une Rosario con Córdoba. Nunca pasó por Berretta, quedó a 15 kilómetros, pero sí atravesó los pueblos aledaños de Correa y Cañada de Gómez.
Años más tarde, en 1966, Dante seguía jugando, pero ya había terminado la escuela, ya se había transformado en el peluquero del pueblo, se había casado y hasta había tenido dos hijos. Un día de ese año, se convocó a los vecinos de Berretta a una votación: debían elegir entre la luz eléctrica o convertir en ruta nacional uno de los caminos de tierra que atravesaba el pueblo y llegaba hasta Cañada de Gómez o Casilda, otros centros rurales cercanos. Se decidieron por la luz. Luego pasaron los años y el pueblo seguió dedicándose, en su mayoría, al campo. Había años de buenas y malas cosechas. 1989 fue malo –verdaderamente malo- para la Cooperativa de Granos de Berretta y para Dante. Parte de la cosecha de la familia se la vendían a la Cooperativa. Pero ese año quebró y se quedaron sin nada y acá –y antes- es cuando empieza la decadencia.

—Con la quiebra no recuperamos nada. Nos quedamos sin nada. Mi suegro, siempre muy generoso, dijo que había que reducir gastos. Entonces nos mudamos todos juntos a su casa en Berretta. Mi marido empezó a salir de nuevo con las maquinas y yo empecé a trabajar con la condesa –aclara Lili.

A unas cinco cuadras de la estación de trenes, frente a la casa de Dante, hay 1000 hectáreas, con un lago incluido. En medio de esas tierras, emerge una casona rosa que poco puede apreciarse desde lejos porque la abrazan palmeras y arbustos. Allí vive la condesa, una mujer que se ha vuelto una especie de leyenda en Berretta. Se llama Joana Laporte, tiene 90 años, es viuda, no tiene hijos, vive sola, es holandesa, cada tanto viaja al exterior, maneja, viste una camisa blanca y un pantalón de corderoy amarillo –sea verano o invierno-, no recibe visitas, no habla con nadie, tiene ama de llaves, dos tranqueras –una eléctrica- y se caracteriza por echar de mala manera a la personas que quieren acercarse a ella. Pero esto es hoy. Hace 24 años, Lili, por recomendación de Dante, comenzó a trabajar para ella y su marido, el Conde Strium de Limburgo, un hombre de la realeza holandesa que tenía tierras aquí y en Buenos Aires.

—Ellos vivían en una casona donde podrían vivir seis o siete familias enteras. Tenían escritorio, comedor con piano, cocina con ventanita para pasar la comida a la sala. Un televisor que no usaban, un laboratorio porque él era bioquímico y una biblioteca de 7000 libros –cuenta Lili junto con una anécdota que parece fascinarle. Un día el Conde, que cuando estaba dentro de su casa vestía una  túnica blanca,  la llamó - como solía hacerlo- con el sonar de una campana. Le pidió que al día siguiente fuera más temprano a trabajar porque le quería encargar una tarea especial. Bueno señor, le dijo ella. A la otra mañana, le llevó el té hecho con agua mineral como le gustaba tomarlo -aunque por pedido de la condesa se lo terminaba haciendo con agua de la canilla- y escuchó el encargo: el Conde le pidió que lo ayudara a limpiar los 7000 libros. Ella le iba pasando uno por uno para que él le esparciera un polvito, mientras le contaba historias. Al segundo día, cuando él estaba sobre una antigua escalera de biblioteca con Lili debajo, la Condesa los vio y empezó a gritar. Bueno Lili, la señora tener su día malo y dice que usted no puede estar acá teniendo el libro, le dijo él.

—Claro, ella quiso decir que no me iba a pagar por sostener un libro. Me tuve que ir corriendo a limpiar a otro lado.

Al morir el Conde, la Condesa se puso más agresiva.  Luego de doce años de trabajo, Lili renunció. A esta altura, Dante y su mujer por la dificultad económica de sostener la vida de campo, ya se habían mudado a Correa para dejarles la casa a su hijo, su mujer Lili y sus nietos. Dante se puso una peluquería en Correa y como él, varios pobladores de Berretta le siguieron los pasos. El tren de pasajeros dejó de pasar primero y sucedió lo mismo con el de carga. Los vecinos no se ponen de acuerdo en la época. Según una nota del diario la Capital de Rosario, el primero dejó de pasar en 1970 y el cerealero en los 90. Entonces la gente se fue yendo a estos pagos y Lili, al dejar su trabajo con la Condesa hace tres años, también se mudó a Correa junto a su familia. Lili es la que cuenta la historia de Dante y su familia este hombre, a quien todos recuerdan como un ser apasionado por Berretta y muy conocedor de su pasado, falleció por su avanzada edad el año pasado.

***

Karina Piriz, junto a su marido, un padre adoptivo y cuatro hijos -dos varones de 21 y 18 años y dos niñas de 9 y 6-, vive dentro del Sportivo Berretta o lo que queda de él. Hace 25 años, tanto Daniel como Lili dicen que en el club se podía comprar yerba, azúcar o cualquier otro producto de primera necesidad. Hoy ya no. No hay comisión directiva, la pista de baile se parece a un corral de cabras y gallinas y el salón principal está siendo devorado por la humedad. Esa boca grande está a punto de masticar la barra antigua del club que arriba tiene objetos y son variados: muñecos, souvenirs de cumpleaños, botellas vacías, desinfectantes y trofeos altos, bajos y medianos. Algunos tienen dos listones que arriba sostienen figuras masculinas fundidas en plástico dorado que corren quietos. Detrás hay vidrios que en algún momento formaron una vitrina orgullosa de trofeos, que ahora está repleta de polvo. Sobre las paredes, además de los hongos, hay fotos viejas de equipos con camisetas verdes y rojas, el póster de un bebé de almanaque y otro con la cara de Rodrigo, el cuartetero cordobés. Una bandera roja y negra con letras blancas dice “Club Sportivo Berretta” y está colgada en la esquina opuesta al monstruo húmedo. En la sala, además de pilas de ropa, hay una heladera repleta de bebidas frías, una televisión con direct tv y una máquina que cuando gira sirve para hacer cemento.

— Elegimos este lugar por comodidad. Mi marido trabajaba en los campos de acá y había que atender la cancha. Cuando llegamos, la idea era encargarme de esto. Al principio no fue fácil.

Karina tiene un sweater tejido color rosa viejo y el pelo morocho atado con una gomita. Cuando habla suele fruncir su ceño y cerrar sus ojos achinados. Dice que no se acostumbraba a vivir en Berretta, el pueblo de doce pobladores que cuando ella llegó eran la mitad. Su marido, peón de campo, podía –y puede- pasar días sin verla al trabajar lejos. Igual ella es una persona que parece gustarle la soledad porque dice que la ciudad la aturde. Nació en Buenos Aires, pero cuando era una niña, su padre médico rural, junto a su madre, se mudaron a Santa Fe. Hoy ella tiene 49 años y al médico lo llama por celular.

— Acá te arreglás con lo que tenés. Cuando llueve no podés salir del pueblo. Igual yo vivo preocupada por lo que veo en la televisión. Uno vive desconfiado. Soy de preocuparme mucho. Hace un año me agarró un ACV y no pude ocuparme más de la cancha. La doctora me dijo que el ACV es parte por esos nervios que me hago.
Convengamos que acá a nadie le importa nada. Acá Berretta no existe para nadie. La estación era un lugar precioso, pero esta todo roto a piedrazos. Hace dos años, acá falleció una persona que estuvo un mes muerto, hasta que lo vinieron a buscar.

— ¿Tu semana cómo es?
—Tenés que levantarte entre las cinco y las seis para prepararles la ropa a los hombres que se van a trabajar. Hay días de fiaca en los que decís, no hago nada. A veces me acuesto con los chicos a ver la tele o a dibujar. A la mañana los llevo a la escuela, los voy a buscar, les preparo almuerzo, vienen cansados. Si no están todo el día adentro. Primero por el sol o por si pasa algo. Hace dos años había un hombre que no sabíamos quién era, después supimos que era un hombre de Buenos Aires con Alzheimer.

— ¿Vos crees que hay que tener una personalidad especial para vivir acá?
—Creo que es más por la paz que uno quiere tener.

Karina hace un año que dejó de encargarse de lo que queda del club por su enfermedad. Ahora sólo se ocupa de tener bebidas frescas los sábados. A la derecha, hay una casa vieja donde vive una pareja de ancianos, que en su momento funcionó como un comercio de ramos generales. Hoy viven dos jubilados que se encargan del campo y sus animales. A la izquierda del club el paisaje es otro y ahí es donde todo cambia.

***

Todos los sábados, desde hace 29 años, un grupo de hombres –los hay en todas las edades y estilos- se reúnen alrededor de un rectángulo. El paisaje, por fuera, es pasto, restos de casas con historia y un pueblo fantasma de doce personas. Todo es tranquilidad, es campo. Pero dentro de las líneas blancas la realidad es otra: los pastizales dejan de ser altos y se transforman en un verde seco carcomido por la tierra con dos arcos blancos a sus extremos. No les conmueve la alfombra sintética. Nada se compara con jugar en medio de la nada y sentirse los reyes del mundo aunque sea unos minutos.

Vienen entre 30 y 35 jugadores desde Correa en sus autos y camionetas. Otros se animan a pedalear y ya llegar transpirados. Uno siempre arriba unos minutos más tarde porque maneja 30 kilómetros en moto desde Cañada. Pero poco les importa; cada sábado, incondicionales, abandonan sus obligaciones y hogares por el ritual.

Miguel Volpe, un jugador de antaño, suele tomar una libreta, anota los nombres de los que van llegando y los mezcla: los hombres siempre son los mismos, como sus roces, por eso nunca forman los equipos iguales. Desde las dos  de la tarde bailan un triangular. Los pasos se repiten: veinte minutos por equipo, perdedor queda en cancha para luego dar paso a la final, mientras, toman cervezas o gatorades frías y después si hay ánimo, viene la charla con picada o asado de por medio, sólo en ocasiones especiales. El ritual amistoso de un grupo selecto. Se entra por recomendación.

—Yo llegué acá por un conocido hace más de veinte años ya. Cobramos diez pesos y eso lo guardamos porque después compramos la pelota y las pecheras, pagamos la luz y cortamos el pasto. Hasta hicimos los vestuarios con las duchas –aclara Miguel como parte del ritual amistoso de un grupo selecto autogestionado.

Hoy es sábado y son menos. Son veinticuatro. Igual eso no impide empezar con la ceremonia triangular que logra triplicar a los pobladores de Berretta. Nadie del pueblo va a mirarlos, salvo los hijos de algunos jugadores y Karina que les alcanzan las bebidas. El último equipo debe pedir el arquero prestado a los rojos por falta de jugadores. Entonces me dejo meter goles, les contesta un poco en chiste, un poco en serio.


Ya tienen puestas sus camisetas, arranca el partido. Los hombres corren detrás de la pelota, juegan duro, juegan fuerte, se putean, se golpean y se palmean. Uno tira un córner, pega en el travesaño y es gol. Los de pechera roja les ganaron a los grises, se los ve triunfantes, salen de la cancha y le dan paso a los otros, los celestes. Uno de los rojos está lesionado, le volvió a agarrar “el” calambre dice y se agarra la pierna. Igual eso no le impide terminar jugando la final contra los grises. 2 a 1 ganaron los rojos. Hoy no hay asado, ni picada. Cada uno se sube a su camioneta, auto, moto o bicicleta. El ritual está llegando a su fin, pero no importa. Por unas horas, en Berretta deja de haber silencio en las calles, la pista de baile vuelve a estar en carnaval y el tren sigue su rumbo con los pasajeros en alza. 


Publicado en revista Don Julio

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